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 <title>Inventario</title>
 <subtitle><![CDATA[Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri]]></subtitle>
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 <updated>2026-03-07T00:32:02+01:00</updated>
  <entry>
   <title>La solución 26. Alumbramientos</title>
   <updated>2011-09-07T14:25:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-26-Alumbramientos_a693.html</id>
   <category term="Narrativa" />
   <published>2011-08-17T17:57:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Diario de Milos Amós tras su descenso de la montaña     <div>
      .... sin entrañas.       <br />
              <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Novena hora</b></span>       <br />
              <br />
       No siento la vejez. Y tengo ideas que suenan íntimamente.       <br />
       El calor ha llegado.       <br />
       Y también una tempestad de sonrisas y mensajes,       <br />
       Un disturbio de cruces y tiaras y murmullos que crecen hasta llegar a lo alto de un mástil.       <br />
       Quiero decirlo así.       <br />
       Como el ruido de selva, ése que provoca una reacción en los músculos  de las orejas y las tensan.       <br />
       Tengo y no me apena el ruido de lo que ya vi antes. La rueda que ha vuelto a su posición inicial. O una pausa sin nada. Sin daño.        <br />
       No quiero avisar. No quiero venderme. No quiero ser comprado. Y sin embargo acudo a un mercado antiguo como la mística o las ferias de ganado.       <br />
       He visto la mañana envuelta en la azulidad de agosto. Esa característica he visto al abrir los ojos. No espero más. Hasta deseo que la legaña sea bienvenida. La composición atómica de la legaña quiero decir. Rotos los límites. Descompuestos los contornos que forman la forma. Fundidos en una misma toma, en un tono igual, melismáticos.       <br />
       Entran y salen de la <span style="font-style:italic">Hamburguesa Feliz</span> felices de su Babel. Con una mochila. Con una cruz. Con un distintivo que marque la pertenencia. Con ese afán redentor, me digo mientras le sirvo una doble de queso a un muchacho mestizo con gesto de haber visto a Dios en el kétchup. Cosas así. Me digo. Y cuando veo el gesto de la mujer que me comparó con Andreas Kartak, allá en la puerta de entrada, decidiendo si entrar o no (ahora se escucha un canto a su señor Jesucristo: Como el ciervo al agua va/ vamos hacia ti, Señor,/ pues de ti tenemos sed/ fuente del eterno amor). La mujer me mira. Yo apartó la mirada y me avergüenza algo que pasó no sé cuándo.       <br />
       Silba el viento.       <br />
       El recuerdo con la fritura de la cebolla. El aceite hierve. La noche y sus humos. El resplandor de las antenas. El flash de una cámara sobre un muro rojo. La carne. La carne. Un tumulto fuera anima a las gentes a convertirse en Cristo.       <br />
       Estoy de espaldas y escucho su voz, ¿Me puede atender?, me dice, y yo me giro y apenas sonrío, apenas recuerdo, y digo, Sí, claro, ¿qué va a tomar? Y ella mira los luminosos que tengo tras de mí y enumera una serie de productos, Un 12, un 23, un 41 y dos cervezas, para llevar. 12, 23, 41, repito para mí. Y me giro y me pongo a ello y hay algo apocalíptico, un descenso de los truenos sobre el mundo, el fin de la luz, el terremoto, la lenta agonía de un corazón y el son de una guitarra tocada por dedos torpes, sin gracia, sin final. Todo eso mientras volteo la carne sobre la parrilla y un aviso de melancolía entorpece mi muñeca y provoca que la hamburguesa caiga de canto sobre la parrilla y una gota de líquido hirviendo se meta de lleno en mi ojo. Bajo el mentón.       <br />
       Si el Cristo viera su impostura.       <br />
       Si viera al hombre que realmente le traicionó. Las calles suenan a catequesis. En los parques los confesionarios parecen rendirle un homenaje a Fellini. Augustos los pecados, vuelan por las azoteas del poblachón manchego.       <br />
       Me llora el ojo mientras le empaqueto el pedido. Cae una lágrima sobre el cartón de la caja. ¿Qué le ocurre?, me pregunta, ¿Tanto le apena la alegría de los cachorros católicos? Levanto la vista y con la timidez más honda le contesto, Me ha saltado una gota de la parrilla al ojo, ¿algo más? No, responde ella, la cuenta. Le llevo el ticket. Me da el precio justo, cosa que me extraña. La veo alejarse.       <br />
       Llega un nuevo grupo de cachorros, peregrinos de una fe, apóstoles de su verdad, con la camaradería de viejos soldados que ya lucharon juntos en más de seis batallas. Piden refrescos. Alguno una cerveza. Y las miradas que se cruzan y las tormentas que generan el viento final, y ella se va, apenas girando la cabeza tras el cristal como si, sin llegar a mirarme, hubiera dejado impreso en mi retina la voluntad de haberlo hecho.       <br />
              <br />
       
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>La Solución 25. Locura</title>
   <updated>2011-07-27T19:59:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-25-Locura_a682.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-07-27T19:33:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      <span style="font-style:italic"><b>Primera hora</b></span>       <br />
       Todavía no lo sé.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Segunda hora</b></span>       <br />
       Ha sido un movimiento, una alteración. El mal. El mal.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Tercera hora</b></span>       <br />
       Se produce una congestión en el centro de la frente. Aún no la razono. Nada hay razonable. Pienso en el trabajo, en la carne picada: restos de restos mezclados. Pienso en la química de la mostaza. En la ausencia de frutos. En la hambruna. En el ser humano. Aprieto los dientes sin ser consciente. Pero ya respiro, de improviso, una gran bocanada de aire.       <br />
       La locura, lo sé, necesita oxígeno.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Cuarta hora</b></span>       <br />
       No tengo hambre. No quiero hacer nada. El sonido de una puerta me inquieta. Intento no pensar. No saber. No recordar. Pero pienso. Sé. Recuerdo.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Quinta hora</b></span>       <br />
       Pavor. Lo resuelvo mal. Lo dejo a medias. La frente parece hincharse. Es como si me hubieran clavado una chincheta y no encontrara su cabeza.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Sexta hora</b></span>       <br />
       El mal no me abandonará jamás. ¡Me cago en Dios!       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Séptima hora</b></span>       <br />
       Me ciega la luz. Ruego al destino que nadie se me cruce en el camino. No controlo en absoluto mi estado de ánimo. La ira. La ira. La ansiedad. La ira de nuevo. Como cada parada del autobús. La risa de alguien. Miro hacia abajo. Mi mirada debe desprender odio. ¿Por qué odio? ¿Qué está pasando? Por primera vez soy consciente y eso me calma algo. Larga e intensa bocanada de aire. Oxígeno para lo que está por venir.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Desde la octava hasta la decimosexta hora</b></span>       <br />
       ¿Cómo estoy aquí?       <br />
       ¿Por qué comen animales podridos?       <br />
       ¿Qué le pasa a la cebolla?       <br />
       ¿Volveré a estar tranquilo?       <br />
       ¿Tendré que volverme a ir? ¿Subir a la montaña? ¿Morir allí?       <br />
       ¿Por qué viene hoy a la mujer a la que le recuerdo a Andreas Kartak?       <br />
       ¿Por qué le ruego que no me dirija la palabra?       <br />
       ¿Por qué me ha mirado con compasión?       <br />
       ¡Maldita, maldita compasión!       <br />
       ¿Por qué hoy?       <br />
       ¿Cuándo acabará este macabro trabajo? ¿Dar de comer a las Bestias?       <br />
       ¿Cómo coño se puede decir que una hamburguesa puede ser feliz?       <br />
       ¡Aire, aire, aire!       <br />
       Aprieto los dientes para no abrirle la cabeza al coreano.       <br />
       Aprieto los dientes tanto que me mello una muela. Me trago las esquirlas de la muela.       <br />
       Nunca llega la hora de salir.       <br />
       ¿Han parado los relojes?       <br />
       ¿Por qué ha tenido que venir hoy el supervisor y exigirme que sonría más?       <br />
       ¿Me ha recordado que aún estoy a prueba?       <br />
       ¿Han probado a sonreir lleno de ira?       <br />
       ¡Por fin! ¡Por fin!       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Decimoséptima hora</b></span>       <br />
       Al golpearme la cara. Fuerte. Muy fuerte. Al arrancarme los cabellos. Al golpearme el estómago. No he logrado sacármelo. El demomio sigue ahí dentro. ¿Se irá? ¿Se irá? Dios mío, Alma bendita, Corazón paciente, Sanador de todo, Última esperanza, sácalo de mí, sácalo de mí, te lo ruego por tu infinita Bondad.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Decimoctava hora</b></span>       <br />
       He roto dos puertas y la vajilla. He gritado tanto que no tengo voz. Estoy mejor.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Vigésima hora</b></span>       <br />
       La policía. Les he reconocido que he tenido un ataque de pánico. Les pido perdón a los vecinos del rellano de mi escalera. Un mal día, es mi único argumento. Los policías dejan que me quede tras ofrecerme el traslado a un hospital. No, gracias. No. Cierro la puerta.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Desde la vigesimoprimera hora hasta la primera hora del día siguiente</b></span>       <br />
       El mal entra cuando quiere y me atenaza. No tengo armas contra él. Volverá, una vez y otra. Volverá. Volverá. Volverá...
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
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  <entry>
   <title>La solución 24. La Hamburguesa Feliz</title>
   <updated>2011-07-20T19:09:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-24-La-Hamburguesa-Feliz_a675.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-07-20T18:13:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      <span style="font-style:italic"><b>Desde la octava hasta la decimosexta hora</b></span>       <br />
       El uniforme de <span style="font-style:italic">La Hamburguesa Feliz</span> se compone de unos zuecos blancos, pantalón blanco de marinero, camisa blanca de manga corta, delantal de hule con fondo azul y dibujo de una hamburguesa en marrón y rojo y gorra azul. Al principio sentía pudor al ponérmelo; me entraban ganas de mascar chicle y hablar en tejano. Nunca me gustó, además, dejar mis brazos desnudos. Me recordaba a la vergüenza que sentía el bueno de Andreas Kartak cuando buscaba, por las callejuelas de un Paris de los años 30, a Santa Teresita de Lisieux para devolverle una deuda -200 francos- que había contraído no sabía cuándo. La vergüenza. Alguien dijo: Nunca te avergüences de un trabajo honrado. Yo siento vergüenza de mis brazos desnudos.       <br />
       En la undécima hora ha pasado algo que a mí me ha sorprendido. Soy un hombre de cincuenta y seis años aunque es cierto que mi sufrimiento, lo amargo de mi existencia, mi alejamiento del contacto humano, me hacen parecer más joven, mucho más joven (lo que realmente envejece es la tranquilidad). A esa hora, digo, ha entrado en <span style="font-style:italic">La Hamburguesa Feliz</span> una madre con dos hijas. Las niñas tendrían doce años y parecían mellizas. Venían excitadas de ver una película, <span style="font-style:italic">Amanecer</span>, si no me equivoco y a la madre le ha sido difícil hacer que se concentraran un instante para que le dijeran qué querían merendar. Una vez conseguido las niñas se han ido a una mesa y frente a mí se ha quedado ella. Es una mujer de unos cuarenta y cinco años con el pelo negro azabache y unos inmensos ojos verdes, un verde oscuro de helecho; sus manos son finas; su cuerpo es menudo; su voz es dulce. En ese momento había pocos clientes. He pedido su merienda y ha habido un instante en que, hasta que llegaban los menús preparados por el coreano, no he tenido nada que hacer. No me he atrevido a quedarme frente a ella, ni he querido pasar una balleta o hacer cualquier otra cosa porque lo que realmente deseaba era sentir la presencia de esa mujer y sentir al mismo tiempo que ella también deseaba la mía. Entonces he escuchado que ella me decía:       <br />
       - Perdone que le diga pero es usted el vivo retrato de un personaje de ficción.       <br />
       - ¿Yo?       <br />
       - Sí, usted, llevo buscándole un cuerpo desde hace un mes y... y es usted.       <br />
       - ¿Y qué personaje es?       <br />
       - Bueno, no lo conocerá usted. Se llama Andreas Kartak.       <br />
       - Y ¿por qué le busca un cuerpo? Si le puedo preguntar.       <br />
       - Sí, es que estoy haciendo una adaptación al teatro, el personaje es de una novela y... bueno me ha sorprendido tanto.       <br />
       - <span style="font-style:italic">¡Do menú infailes! ¡Hambuguesa felí y patata flita!</span>, ha gritado el coreano.       <br />
       Las he recogido. Las he puesto en la bandeja donde esperaban las bebidas. He cobrado a la madre. Y al darle la vuelta no he podido aunque he querido, evitar decirle:       <br />
       - Ya sabe, ese es el tipo de milagros que hace Teresita de Lisieux.       <br />
       La mujer ha sonreído una sonrisa franca y hermosa como un plenilunio, de tan blancos sus dientes y tan perfectos y al marcharse ha dejado en el aire su último comentario:       <br />
       - Al final me van a acabar gustando las hamburguesas.       <br />
       El orden en que he contado esta anécdota ha sido exactamente así. No lo he preparado para que resultara impactante. Siempre fui un mal escritor. Primero pensé en Andreas y luego vino la mujer que le buscaba un cuerpo. No he querido creer que la casualidad es el orden natural de las cosas. Reniego de la esperanza.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
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   <title>La solución 23 Elogio de la amargura</title>
   <updated>2011-07-18T12:06:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-23-Elogio-de-la-amargura_a673.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-07-16T18:27:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Alegato de Milos Amós versus Isaac Alexander     <div>
      <span style="font-style:italic"><b>Quinta y sexta horas del primer día de descanso semanal</b></span>       <br />
       Escribe <b>Isaac Alexander</b> en la web <span style="font-style:italic">Inventario</span> de <b>Fernando Loygorri</b>: ¿Por qué <b>Milos Amós</b> es tan jodidamente amargo? ¿No tuvo bastante con la montaña? ¿Qué espera encontrar con esa actitud tan solipsista?       <br />
       He leído algunos de los artículos del micer Alexander y he de decir que sus humoradas me han parecido, en general, ridículas y desmembradas. El humor como la amargura han de ser sentidos. La impostura en el humor lo convierte en ridículo así como la impostura en la amargura la convierte en patética.       <br />
       Me pregunta (o se pregunta) micer Alexander: ¿Por qué Milos Amós es tan jodidamente amargo? Y quiero responderle porque me encuentro en mis días de descanso y no tengo en mi pelo los olores de La Hamburguesa Feliz y apenas quedan restos de las conversaciones que he tenido que sufrir:<span style="font-style:italic">       <br />
       - Buenas tardes, ¿qué desea?       <br />
       - Una hamburguesa de cuarto de libra con doble de queso y mucho ketchup y mucha mostaza.       <br />
       - ¿Y de beber?       <br />
       - Un Coca-Cola Zero. Pero que sea Zero, ¿eh?       <br />
       - Muy bien.       <br />
       - Y patatas fritas pequeñas.       <br />
       - Pequeñas.       <br />
       - No, mejor grandes.       <br />
       - Grandes...       <br />
       - No, no, pequeñas, pequeñas...       <br />
       - ¿Seguro?       <br />
       - ¡Venga que sean grandes y no se hable más!</span>       <br />
       Conversaciones así. Una hora y otra hora.       <br />
       Las medicinas son amargas y nos alivian de la enfermedad. Es amarga la cerveza. Las largas esperas son amargas. Y la vida suele serlo en largos trechos. A veces puede ser la vida enteramente amarga. La amargura nos previene del veneno. La amargura nos cobija en su dolor pequeño. Nos mantiene alerta.       <br />
       Escuche la historia de la mujer que conocí, recién descendido de la montaña, en un albergue. Se encontraba sentada en un rincón, a salvo de la luz; estaba envuelta en un viejo capote militar y miraba con fijeza el pote que humeaba. Fuera por empatía o por puritita necesidad, la mujer me pidió que la escuchara y habló:       <br />
       - Hace muchos años yo tenía una casa, un hombre y una hija. Y estaba insatisfecha con mi vida. Empecé a buscar remedios contra mi tedio que es la peor de las enfermedades del alma. Y así di con un maestro tibetano. ¿Importa el nombre? Este hombre me fascinó por su serenidad y por su silencio. Y empecé a seguirle. Allí donde impartiera sus enseñanzas aunque fuera muy lejos de mi aldea, yo iba y así desantendía mi casa, a mi hombre y a mi hija. El Maestro nunca me había dirigido la palabra; nunca me había hecho un gesto de aproximación; nunca había pronunciado, mirándome, la palabra <span style="font-style:italic">Namashté</span>. Hasta que una tarde me dijo, sin llamarme por mi nombre, sin una frase de saludo: Deja tu casa. Abandona a tu hombre. Vete con tu hija. Y sígueme. Así lo hice. Dejé mi casa y me llevé más de lo que era mío. Dejé a mi hombre el cual se sumió en una profunda melancolía. Y me fui con mi hija, la cual lloró noches y noches. Seguimos al Maestro y el Maestro mantuvo la misma actitud de ignorancia respecto de mí y de mi hija. Hasta que un día, de la misma forma repentina, sin acercamiento o saludo previo, me dijo: Entréganos a tu hija. Yo le respondí: ¿Así conoceré la recta vía?. Él no hizo gesto ninguno, ni palabra salió de su boca. Yo le entregué a mi hija. Desde entonces no les he vuelto a ver y vago sola por el mundo. ¿Es esta la recta vía? ¿Así la estoy aprendiendo?       <br />
       - No -le dije- lo que estás aprendiendo es la amargura que es el remedio más fuerte contra el tedio.       <br />
       Seguiré leyéndole, micer Alexander. Le rogaría que no emitiera juicios de valor. Nunca se sabe si el amargor de un fruto nos salvará del hambre. O si la amargura de un hombre, redime de la tristeza de otros. Nunca se sabe del todo. Nunca se puede predecir si el momento es una cosa u otra. Hay que estar. Sin adjetivos.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>La solución 22</title>
   <updated>2011-07-17T11:03:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-22_a671.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-07-13T17:55:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Diario de Milos Amós tras su descenso de la montaña con intercalados del libro V de La interpretación de los sueños de Artemidoro (siglo II d. C.)     <div>
      <span style="font-style:italic"><b>Primera Hora</b></span>       <br />
       La hojarasca. Así tiemblo. Vengo de un viento extraño (como relleno de fuego y cristal). Tengo un sarpullido en la cara interna del dedo meñique de la mano derecha. Puede ser causa de los guantes de látex que utilizo para manipular los alimentos en La Hamburguesa Feliz. O también heridas, ampollas, restos de la batalla con el fuego (que acuchilla, que ciega, que asfixia). <span style="font-style:italic">Un hombro soñó que se frotaba el culo con polvos de incienso. Fue condenado por impiedad, dado que había profanado una sustancia con la que honramos a los dioses. El perfume indicaba que no conseguiría pasar inadvertido.</span>. Muerdo el polvo de los muebles. Me sosiego un instante y pienso el nombre de Lidia. Me escurro por una rendija. Me asomo a la ceniza. No me dejaré cegar. Intentaré llegar a la cocina. Abriré la cafetera. <span style="font-style:italic">Un marido sueña que sacrifica en público a la propia mujer como si se tratase de una víctima. Tras dividirla en trozos, la vende y obtiene a cambio unos pingües beneficios. Y le parecía que disfrutaba con ello y que intentaba esconder el dinero así ganado a causa de la envidia suscitada entre los que estaban a su alrededor. Esta persona, por haber prostituido a su esposa, se enriqueció por medios infames y, en efecto, su comercio le resultaba provechoso desde un punto de vista de lucro, pero digno de permanecer en secreto</span>. Amé en noche de tormenta. Fui acariciado con la calma del tiempo infinito. Juré por siempre el amor efímero. Calmé la sed y me harté de gozo. Subí hasta el Parnaso y me acosté con las nueve Musas. Jugué el arte de la seducción y me embebí de mis éxitos. Me di cuenta de que nada había aprendido y nada había que aprender. Desanduve y llegué a quedarme ciego. Recuperé la vista durante una tormenta de pedrisco. Abrí los ojos al cielo hondo y creí ver en su fondo una lámpara que ardía sin fin. <span style="font-style:italic">Una mujer sueña que es el río Janto, el que discurre por la Tróade. Durante diez años sufre hemorragias, mas no llega a morirse, lo cual es lógico, ya que el río es inmortal</span>. Llego hasta el cuarto de baño. Abro el grifo. No hay agua. Tengo sed. Me señalo las manos y elevo los brazos en busca de protección. Me pregunto si acabaré no sabiendo. Me arrepiento de haber sabido tanto. Desaprender, desaprender, me digo, es la única sabiduría. ¡Maldito neocórtex! bramo. Jugaré a llegar hasta mi cama que se encuentra envuelta en llamas. Me arroparé con las lenguas de fuego y dejaré que el colchón ejerza su función de parrilla (al modo de un San Sebastián cualquiera). <span style="font-style:italic">Un hombre sueña que enciende su lámpara con la luna. Y se queda ciego. Ciertamente, prendió la llama en donde era imposible obtenerla. Aparte de que se suele afirmar que este astro carece de luz propia.</span>. Ahora no sé que soy feliz. Ahora, por fin, no sé que todo este cúmulo de vivencias (de existencias) son la felicidad. Ahora no sé que el brazo que arde es la luminaria de mi entendimiento y que el volcán que ruge es mi garganta dormidísima. Ahora no sé que el sexo es el altar de las premoniciones y que una curva es la esencia del adiós. Ahora no sé que vislumbro la mirada en el giro ciego y que esta música que machaconamente alude al sentimiento del amor es una rapsodia húngara dedicada al Innombrable. <span style="font-style:italic">Una mujer sueña que ve en la luna tres imágenes de sí misma. Dio a luz a tres niñas gemelas y todas murieron en el mismo mes. Las imágenes representaban, en realidad, a las recién nacidas y figuraban en el interior de un único círculo. En consecuencia, las hijas eran contenidas en una misma membrana, según afirman algunos médicos, y no vivieron más tiempo por causa de la luna</span>. Me desprendo de la ropa. Me siento desnudo frente al espejo. Está roto mi cuerpo mientras el espejo se mantiene intacto. Mi imagen destrozada me inspira aire y lleno mis pulmones de una calma absoluta. Querré cerrar los ojos y sumiré mis labios en una verso constante (yámbico quizá). Nada aparecerá más tarde. La aurora. Un traje. Versículos de venerables tradiciones. Giomar. El caudal. La vuelta. La ira. La llama. La llama. Mi cara. La llama. La llama. <span style="font-style:italic">Un individuo sueña que nace al mismo tiempo que el sol y que recorre el mismo curso que la luna. Se ahorca y de esta manera, el sol y la luna, al salir, lo ven mecerse en el aire.</span> 
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>La solución 21</title>
   <updated>2011-07-16T18:42:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-21_a668.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-07-08T12:45:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Diario de Milos Amós tras su descenso de la montaña     <div>
      <span style="font-style:italic"><b>Primera hora</b></span>       <br />
       Nostalgia en el sueño de la noche. La certeza de un encuentro. ¿Por qué no sé? Me preguntaba al despertarme. El recuerdo de una equivocación cuando tenía coche y conducía como un engañado más. Fue en un cruce. No miré bien a los lados. Giré a la izquierda y escuché un largo bocinazo. El que había frenado me adelantó haciendo rugir su motor. Yo me disculpé con la mano pero él me esperó en la carretera. ¿Qué intenciones albergaba? En una rotonda le engañé y giré hacia otro lado. Temblé durante varios kilómetros.        <br />
       Desayuno. Fumo un cigarrillo. Con la primera calada me voy a cagar. Leo Hojas de hierba. Me sueno la nariz. Moco líquido como si hubiera cogido frío durante la noche. Me limpio. Termino el café. Vuelvo al cuarto de baño y necesito mirarme en el espejo.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Segunda hora</b></span>       <br />
       Me miro en el espejo.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Tercera hora</b>.</span>       <br />
       Siento la necesidad de encontrarme con alguien. Confiarle mi vida. Caminar por un sendero entre alambradas. Imaginar el cielo nublado y un gran monumento entre montañas. Hay un vuelo de buitres y otro de halcones. Corre la liebre y pace el toro. Se escucha la cadena de una bicicleta y un sordo rumor de multitudes airadas que elevan al aire consignas. Siento la necesidad de aprender. Y también la gana de reírme.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Cuarta hora</b></span>       <br />
       Me aseo. El agua caliente me produce una erección. Intento masturbarme pero me echo a llorar. No sé por qué. No lo sé y empiezo a cantar una canción. Creo que es una vieja balaba galesa. Cuando en el principio del mundo los árboles acudieron a la batalla. Me seco. No me afeito. No me pongo agua de colonia. Me lavo mucho los dientes hasta que las encías me sangran. Escupo la sangre. La huelo.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Quinta y sexta horas</b></span>       <br />
       Escribo.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Séptima hora</b></span>       <br />
       Apenas como. Salgo a la calle. Ha bajado un poco la temperatura. No ocurre nada en el trayecto hacia La Hamburguesa feliz.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Desde la octava hasta la decimosexta hora</b></span>       <br />
       El coreano se ha quemado un dedo. Mi compañera tiene la regla. Me lo ha dicho para que le echara una mano. Tiene jaqueca y un fuerte dolor de riñones. Estoy sangrando como una cerda, me dice. Está pálida. Más sin gracia que de costumbre y algo despistada.       <br />
       Una mujer de unos cuarenta años me ha pedido un hamburguesa con doble de queso y pepinillos y una cerveza. Sin patatas fritas, me ha dicho. Mientras se lo servía me miraba. Me he sentido incómodo. No era guapa. No me atraía. Me hubiera ido con ella. ¿Por qué? Me ha pagado y me ha dicho: un hombre tan mayor y tan tímido. No sé por qué le he contestado: Acabo de salir de prisión. El gesto de la  mujer ha cambiado. Casi tira lo que contenía la bandeja por el suelo. Habrían quedado manchas como la culpa o el desconsuelo.       <br />
       Malos pensamientos, me he dicho en la decimocuarta hora.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Decimoséptima hora</b></span>       <br />
       Vuelta a casa. El sonido de un coche de policía. Un recuerdo de la infancia. Un hombre ebrio se tambalea en la plataforma del autobús. Una mujer con niño intenta protegerlo del espectáculo del borracho. Un frenazo. El hombre cae al suelo y rueda. El conductor llega a la parada y sin contemplaciones echa al hombre del autobús. El hombre queda tendido en la acera. No se mueve.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Decimoctava hora</b></span>       <br />
       Me meto en la cama. Tengo mucha hambre pero no quiero comer. No leo. Apago la luz. La oscuridad no me da esperanzas. Siento muy grande la cama. Doy vueltas y más vueltas. Pienso una vez y otra. Intento respirar acompasadamente. No lo consigo. Pienso: Bajé de la montaña porque estaba curado. Pienso: Nunca se está curado del todo. Pienso: la vida es la larga convalecencia de la muerte. Pienso: ser muerto es estar sano. Pienso: me llamo Milos Amós. Y ese pensamiento me permite la mínima tregua para que el sueño me alcance y me quedé, inquietamente, dormido.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>La solución 20</title>
   <updated>2011-07-17T11:00:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-20_a667.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-07-07T18:03:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Diario de Milos Amós tras su descenso de la Montaña. La historia de Milos Amós se puede leer siguiendo las 19 entregas anteriores de LA SOLUCIÓN.     <div>
      <span style="font-style:italic"><b>Primera hora</b></span>       <br />
       He querido recordar el sueño de la noche. Ardía algo. Una oficina quizá. Una oficina de mi propiedad. Ráfagas de un castillo. Un paisaje francés. Amo Francia. He abierto los ojos con calma. Una ligera brisa de verano entraba por la ventana. Traía aires de montaña.       <br />
       Me he levantado desnudo. He caminado descalzo por la casa. Las paredes desnudas. Pienso en cómo vestirlas. Aún no me acostumbro al concepto de tener vecinos que me puedan ver desnudo y que ese verme así les pueda causar incomodidad. Quisiera decir: &quot;Estoy curado de la enfermedad de la muerte. Respiro porque quiero no porque debo&quot;.       <br />
       En la cocina. Pongo un café. Lavo los cacharros de la cena de la noche anterior. Tengo una pequeña radio. Sintonizo un emisora que dé noticias. Las noticias y los comentarios me parecen de otro mundo. Sale el café. Me alegra su aroma.       <br />
       Bebo el café en la sala y me lío un cigarrillo. Tras la primera calada me entran ganas de cagar. Voy al cuarto de baño. Cago mientras leo Hojas de Hierba de Walt Whitman en la traducción de Jorge Luis Borges. Me limpio. Vuelvo a mi habitación y me visto con una camiseta y unos pantalones cortos. Termino el café.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Segunda hora</b></span>       <br />
       Pienso: el desierto de los últimos meses. La lluvia. La humedad en los huesos. Mi mujer. La que fue mi mujer. Sus tetas. Su culo. Su coño. Sus caderas. Sus gritos cuando enloquecía. Su dulzura cuando estaba ebria. Un amigo muerto. Una anciana muerta. El paso de los días. Una gran hoguera que yo mismo provoqué. Las ganas de volver a mi trabajo. Sacudirme la arena del desierto mental en el que he estado. Volver a amar. Volver a enamorarme. Que una mujer vuelva a mirarme a los ojos y terminemos besándonos las bocas. El deseo de una hembra. Yo macho. Recuperar si fuera posible mis libros.       <br />
       Bebo polen.       <br />
       Limpio la casa.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Tercera hora</b></span>       <br />
       Permanezco sentado en la pequeña terraza de mi casa.        <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Cuarta hora</b></span>       <br />
       Me aseo. El agua caliente de la ducha produce en mí una erección. Me masturbo. Imagino a una mujer que corre desnuda hacia mí. Me corro. Me afeito. Me pongo un agua de colonia fresca. Me visto con el uniforme de La Hamburguesa feliz..       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Quinta y sexta horas</b></span>       <br />
       Escribo.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Séptima hora</b></span>       <br />
       Salgo a la calle. Me dirijo a la parada del autobús. Hay mucha gente. Hace mucho calor. Soy consciente de que nadie es como yo y sé que es falsa esa conciencia. Una mujer me ha mirado más de dos veces. Yo no me atrevo a mirarla. Me da vergüenza mi deseo sexual. Y no sé por qué.       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Desde la octava hasta la decimosexta hora</b></span>       <br />
       Me repugna el olor de la carne picada frita. La supervisora es borde: se cree alguien. Me es simpático el cocinero coreano. No dice esta boca es mía. No sé si conocerá nuestro idioma. Mi compañera me cae muy bien: es fea y no tiene ninguna gracia. Los clientes, en general, son despreciables. Sobre todo las familias. ¡Me dan asco las familias!       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Decimoséptima hora</b></span>       <br />
       Vuelvo en el autobús a casa. Huelo a fritanga y patatas fritas. Me gusta, cuando llego, el olor de mi casa. Huele a mi soledad. De nuevo siento la necesidad del contacto con una mujer. El sexo de los machos, pienso. Mamíferos, pienso. Primates, pienso. Estoy más salido que la pata de una mesa, concluyo. ¿Por qué?       <br />
              <br />
       <span style="font-style:italic"><b>Decimoctava hora</b></span>       <br />
       Me acuesto tras fumarme un cigarrillo y beberme un vino tinto. Me gusta estar desnudo en la cama, con la ventana abierta, sin arroparme. Leo El nombre del viento, una novela que me devuelve a mis orígenes. Me entra sueño. Estoy empalmado otra vez. No tengo ganas de hacerme otra paja. Antes de cerrar los ojos digo en voz alta: Soy <a class="link" href="http://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-1_a26.html?com#comments">Milos Amós</a>. Oírme me tranquiliza de no sé qué. Apago la luz.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>La Solución 19. El descenso</title>
   <updated>2011-07-17T10:59:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-19-El-descenso_a597.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/2870187-4058555.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2011-04-06T17:19:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/2870187-4058555.jpg?v=1302105471" alt="La Solución 19. El descenso" title="La Solución 19. El descenso" />
     </div>
     <div>
      <a class="link" href="http://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-18-La-proporcion-aurea_a586.html">Milos Amós</a> respira. Abre los ojos. Toda la nieve ha desaparecido. Escucha el canto de los mirlos, abajo en el valle. No puede evitar ensayar uno de sus cantos, más bien un fraseo de un canto. Lo silba. Espera. El mirlo contesta. Milos mueve poco a poco el brazo derecho, empieza en la punta de los dedos y en un tiempo lento llega hasta el hombro y el hombro transmite el movimiento al cuello y el cuello lo desplaza al brazo izquierdo el cual, también en tiempo largo, lo mueve entero. Se detiene. Respira hondo. Mira a lo lejos, hasta veinticuatro kilómetros más allá de sí y luego va viniendo su mirada hasta llegar a sus pies y los empieza a mover, muy, muy despacio; primero el derecho transmite el movimiento hasta su tobillo y de su tobillo a sus gemelos y de los gemelos a la rodilla y de la rodilla a la cadera y la cadera derecha, como antes el hombro, lleva el movimiento a la pelvis y la pelvis lo desplaza a la cadera izquierda. Y cuando la tarde cae, todo el cuerpo de Milos se mueve. No ha pensado nada. No se ha dicho nada. Con dolor se ha logrado poner de pie. Ha cogido una rama larga como cayado y ha dado los primeros pasos. Entonces sí ha pensado, ¿Cómo es posible que no esté muerto? Y ha comenzado el descenso hacia el valle. Y al llegar a él, sin pensamiento alguno, se ha dirigido a un bar y ha entrado. Se ha sentado en una silla y se le ha acercado una mujer que le ha preguntado, ¿Pero de dónde sale usted hombre de Dios? y Milos Amós ha contestado, De la cima. Tengo hambre. No tengo dinero. La mujer se ha ido y al poco ha vuelto con un tazón de café y leche y un bizcocho de yogur. Se lo ha dejado encima de la mesa y le ha dicho, ¡Coma usted, buen hombre, y no se preocupe del dinero!. Milos Amós ha comido muy despacio, ha bebido muy despacio y el calor y el sabor de las cosas le han provocado una sonrisa y entre trago de café y pezado de bizcocho se ha dicho, con una pequeñísima sonrisa, He vuelto. He vuelto. 
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>La Solución 18. La proporción áurea</title>
   <updated>2011-07-17T10:59:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-18-La-proporcion-aurea_a586.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/2788152-3948872.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2011-03-20T13:47:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/2788152-3948872.jpg?v=1300628318" alt="La Solución 18. La proporción áurea" title="La Solución 18. La proporción áurea" />
     </div>
     <div>
      El deshielo.       <br />
       Las montañas empiezan a perder su cabeza blanca y se tiñen de castaño. Algarabía de niños, mujeres y perros en el valle. Los hombres cazan y están en silencio. El cuerno sonará. La estola será besada por un becerro.       <br />
       Alguien le dijo a Milos Amós un día de primavera, cuando la luna brillaba de forma extraordinaria y él se sentía parte del mundo; cuando sus añagazas, sus requiebros, sus errores eran admitidos como él admitía los de los otros; cuando la barba surgía a golpes de juventud; cuando las manos no atesoraban arrugas y los callos por un esfuerzo repetido sobre la misma parte aún no se habían afianzado; cuando la lejanía era un punto en el horizonte hacia el que se dirigía, con los suyos, sin reservas; cuando la soberbia era más una virtud que un desacato, cuando no sabía, ni tan siquiera, que lo fuera y vagaba por las calles con la cabeza erguida y se sumaba a las fiestas con ademán de grupo y se emborrachaba junto a la mujer querida y se abrazaba al amigo del alma y llegaba a altas horas a su casa y componía versos a los que reunía en Suites o en Rapsodias; cuando el verano se llenaba de desnudez y caminaba descalzo por las calas mientras tocaba una pieza muy simple en una flauta travesera y luego, a la caída de la tarde, reunido con otros, escuchaban el lamido del mar a las orillas y el aroma de la resina de pino sabía a saludable y organizaban un encuentro y se reunían alrededor del fuego como sus antepasados; cuando todo eso ocurría, escuchó que alguien le decía, Milos qué hermosa voz tienes. Y así él quiso hacerse oír y expuso ante el mundo sus ideas. ¿Qué es el mundo? se pregunta ahora, ¿Y las ideas qué son? se dice mientras, a punto de extinguirse en lo alto de la más alta cima de la cordillera, se rasca unas heridas que han formado pústulas. &quot;Yo -piensa- estuve a punto de matar a un muchacho. Fue un domingo. Salí de mi casa y cogí el coche. Buscaba un libro sobre la proporción áurea. Ansioso quizá por evadirme de una situación que me empezaba a resultar insoportable. Fue muy poco antes de que quemara todas mis ideas y me lanzara a esta miseria en todo merecida. Recuerdo que tenía mi mesa, mi ordenador, mi teclado por el que mis dedos navegaban con cierta destreza. Tenía un coche que nunca fue mío y una soledad que me estaba ganando la partida. Vivía con una mujer enferma y con un hijo podrido de Edipo. Yo me había atrincherado en un no hacer nada como si ésta fuera la única forma de poder salir de allí. No amar y compartir la casa es la mayor condena a la que se somete el hombre. Aún no había descubierto que mi mal era mucho mayor que la enfermedad de mi esposa y la podredumbre de nuestro hijo. Mi mal era la enfermedad de las alturas, el esqueleto de toda indignidad. Salí, digo, en busca de la proporción áurea en una mañana radiante, de ésas que anuncian el fin del invierno. Por las carreteras los ciclistas ejecutaban su destreza. Me dirigí a una gasolinera para conseguir la proporción áurea pero se había agotado; fui a otra y ocurrió lo mismo; en un kiosko no quedaba nada. Me sorprendió que tantos quisieran conocer el secreto de semejante proporción. Decidí volver a casa. Entré por la calle de siempre. Unos muchachos, en sus bicicletas, pedaleaban con brío. Iban a mi derecha. Yo tenía que girar hacia ese lado. Recuerdo al chico del maillot amarillo. Puse el intermitente. Creí que me daría tiempo a hacer la maniobra. Y no fue así. El ciclista frenó. Se dio un ligero golpe. Me llamaron asesino e hijo de puta. Yo argüí que había señalizado correctamente y pedí disculpas. Llegué a la casa. Estaba pálido. Mi mujer en la cama se ahogaba. Nuestro hijo no estaba. Entonces intuí que quise matar a ese muchacho para ser detenido y conducido a la prisión. Para liberarme del lugar donde estaba y no tener que tomar la decisión que tomé días más tarde cuando lo quemé todo y empecé a andar este camino que me ha traído hasta aquí. Si lo hubiera matado, ¿cómo podría una filosofía justificar semejante muerte? ¿Qué religión hubiera podido alzarse para sosegar mi delito? ¿qué ley hubiera sentenciado mi condena como homicidio involuntario? ¿era yo acaso, al volante de aquel coche, Abrahám a punto de inmolar a su hijo? Y si así hubiera sido ¿mi fe abrahamánica me habría consolado tras los barrotes de la cárcel de Soto? ¿Habría encontrado palabras de consuelo para la madre del chico del maillot amarillo? ¿Se encontraría en la biblioteca de la prisión la proporción áurea? Aquí cumplo mi condena. Las pústulas me llevarán a rascarme y así, pedazo a pedazo, me arrancaré de mí. Estoy deseando que mis uñas empiecen a rascar mi corazón. ¿Por qué no me ahogo? ¿Por qué el sol también me deshiela?&quot;.       <br />
       
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>La solución 17 Duda </title>
   <updated>2011-07-17T18:20:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-17-Duda_a560.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-02-17T14:25:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      Al borde estaba. Sobre una gran montaña de piedra pómez que flotaba, de ligera, sobre el mar. No era un náufrago. No era un ser que se había criado entre las bestias. No era un anacoreta. Sabía, de hecho, disfrutar de las artes. Sabía mirar una escultura y dejarse llevar por el esfuerzo de una mole de piedra convertida en movimiento. Sabía deleitarse con la frase: la tarde está tan bonita (escuchaba la melodía de esa frase, la maestría en los acentos colocados en su orden, cómo descansaba en la última palabra todo el festín de las cuatro primeras). Sabía entender la magnitud de una partida de ajedrez entre Mijail Tahl y Botvinik. Y estaba al borde. ¿De qué servía entonces? Sabía pronunciar el francés, el inglés, el alemán, el español, el catalán, el gallego, el portugués, el italiano, el griego, el árabe y el ruso. Sabía mirar a los ojos y emocionarse con la niebla y el páramo. Sabía dormir de pie y estar despierto acostado. Sabía cómo acariciar la piel enamorada y dejar al rastro de unas hadas el hallazgo del sendero. Sabía creer. Sabía el significado de la palabra esperanza. Y estaba al borde. Por eso dudaba.       <br />
       Ahora que le venía una melodía oriental, le embargaba la emoción de un baile. Y pensaba bailar como quien piensa estrella fugaz o planeta; ahora que el viento le animaba a volar, sabía que si lo intentaba, caería sobre la llanura y sería por fin nutriente. Ahora que tenía las manos frías y había dormido de más y tarde, encontraba en su vigilia un entorpecimiento de los sentidos como si el opio hubiera inundado sus pulmones y su entendimiento. Es cierto que nada le dolía y sentía su duda como herida; es cierto que la tarde nevó y la noche cuajó y que ahora deseaba fumar la paz.       <br />
       Tenía la sonrisa plácida del que medita. Tenía las rodillas inflamadas y surcos de antiguas venas se marcaban en las corvas. Tenía eccemas en las pantorrillas. Tenía enrojecidos los ojos de tan poco parpadear. Tenía la bilis pálida. Tenía en su mente el alfabeto de los árboles los cuales, tan abajo, le enviaban sus aromas. Tenía como espejo el cielo. Tenía como cielo la profundidad de la mar. Tenía como mar el sabor de sus ojos. Tenía como ojos la contemplación de sus manos. Y como manos los pies desnudos.       <br />
       No estaba decidido. Porque tenía esperanza. Al recordar su nombre le vino una ráfaga de sábanas y una cuna de madera y un parque con tobogán y el estudio de los números primos y también, de forma tangencial, justo en la frontera de las visiones, atisbó una hoguera y una gran nostalgia. Imaginó ponerse en pie sobre la montaña, iniciar el descenso, atravesar el bosque de coníferas, tomar por el camino hecho, llegar hasta el pueblo, saludar a las gentes, aceptar la invitación a lavarse y mudarse, ser aceptado en el concejo municipal, ser nombrado arúspice, ocupar su cargo con todo el ceremonial, ungirse las manos y  la boca, desentrañar los presagios y ser entregado al cuidado de unos niños recién venidos al mundo.       <br />
       Abrió la boca y quiso decir su nombre.       <br />
       Abrió su corazón y vio que no sangraba.       <br />
       Se miró los antebrazos y notó cómo se desgajaban.       <br />
       Elevó su cuello y cayó de espaldas.       <br />
       Se quedo quieto mientras temblaba.       <br />
       No era saliva sino espuma blanca.       <br />
       Adoptó la postura del feto.       <br />
       Se diluyó en la hierba.       <br />
       Ya no dudaba.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-17-Duda_a560.html" />
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   <title>La Solución 16. Monólogo de la estupidez</title>
   <updated>2011-07-17T10:58:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-16-Monologo-de-la-estupidez_a549.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-02-02T12:27:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      <span style="font-style:italic">Ha amanecido. Milos Amós está enfermo. Tras veinte días sin comer y teniendo como único alimento el rocío de las hierbas, sus defensas empiezan a abandonarle.       <br />
       Seis buitres le vigilan.       <br />
       Una manada de lobos asciende la montaña.       <br />
       Los pies de Milos Amós ya no le responden. Quizás estén congelados. Unas ronchas han aparecido en la piel de su pierna derecha, justo bajo la rodilla. Hay momentos en que el prurito le enloquece. Quisiera gritar, arrancarse la piel, bajar de la cima.       <br />
       Milos se esfuerza en no pensar pero no para de hacerlo. Son palabras y palabras que surgen como fuente de agua envenenada.</span>       <br />
       Nunca conseguiré. Nunca. No fue dada la sabiduría a este cerebro. Podré, si quiero, achacárselo a las circunstancias y quizá consiga así cierta tranquilidad de alma. Sé que no soy. Sé que no existo. No sé nada. Y no saber nada es ser estúpido. Soy estúpido. Muy estúpido. Me creí... me creí y así ascendí hasta esta nada. Suprema estupidez tan cerca del cielo. El cielo es nada. Los buitres son nada. No temo el colmillo del lobo. No me amamantarán. No soy Rómulo ni tampoco Remo. Estúpido en mis vanaglorias. Pensé. Pensé. Pensé. Pensar es nada. Nada te mereces si haces nada. La visión de la soledad es barata. Mis pies ya no andan. Jamás saldré de aquí. Ya estoy muerto. Morir es nada. Parece mi mente una. Se suceden en ella fotografías. Personas. Unas y otras. Muchas sonríen. No sabría ahora qué hacer con ellas. No sabrían, de seguro, qué hacer conmigo. No sé si existe la llanura. No sé si más allá de mi vista se encuentra el mar. No tengo miedo. Tengo garrapatas. Debe ser mi pelo largo. Tan estúpido soy que ni tan siquiera eso sé. Supe contar nadas y me abracé a una idea peregrina. Luego solté amarras. Me dejé llevar pensando, pensando -pensar es nada- que alcanzaría la plenitud, la cómoda certidumbre del fin. Nada es fin. Y así sigo con un hambre de mil demonios. Incapaz de conseguir mi alimento. Menos libre que la hierba. Más estúpido que la ciénaga. En el fondo deseo que alguien suba hasta esta cima, me abrigue con un saco, me caliente un caldo y a cucharadas me haga entrar en calor. Añoro esa mano sobre el hombro y la conversación con lumbre. Estúpido al contemplar las estrellas. Estúpido al cerciorarme de ellas. Estúpido de soberbia. Estúpido de esperas. Nada he aprendido. Cada vez sé menos cuando nunca supe nada ¿cómo es ese menos que esa nada? La yegua relincha. Trota el caballo. El jinete espolea. La espuela daña. No llego a más. No hay más tierra por encima de mí. Si así fuera, estúpidamente, me arrastraría. ¡El picor, el picor de la pierna! Añoro la fuerza de mis manos para arrancarme a arañazos estas pústulas. Añoro la fuerza de mis labios para succionar a chorros el pus y las devastaciones. Venid ya buitres. Llegad ya lobos. Mordedme la estúpida yugular que sigue funcionando. Arrancad este estúpido corazón enamorado. Tendedme. Miradme. Daros el turno de mi carne. No enterréis los restos. Dejad que sea la tierra quien los muestre hasta que se diluyan en hierba o en nitrato. ¿Tengo harapos? ¿Estoy sucio? ¿Lo merezco? ¿Subirá el maestro hasta mí? El que diga en mi oído las últimas palabras, las que me convenzan, por fin, de que yo no existe, que ya estoy en comunión con las algas y el universo es mucho más que una palabra. Llegará ese maestro envuelto en luz y llamas, algo enfadado conmigo, su alumno más estúpido, el que más soberbia asumió en su estado de vivo moribundo; llegará mi maestro con los ojos encendidos y la barba larga; llegará y ungirá con aceite sagrado mis labios y ungirá con aceite sagrado mi sexo y ungirá con aceite sagrado mis desvelos y cerrará despacio mis ojos, y cerrará con amor mis agujeros y dejará en lo alto de la cima la cruz que guiará a los viajeros. Ven, maestro, ven, fantasma. Mi padre murió hace hoy once años y aún le quiero. Ven, esfuérzate un poco, apoya con suavidad tu cayado y empuja con tus riñones el cuerpo hacia la cima. No retrocedas cuando me veas tan sucio, tan espantoso, tan desolado, tan envidioso. Perdona mi envidia, perdona mi espanto, perdona mi suciedad. Y dime al oído las palabras que nunca supe oír.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>La Solución 15. La tentación.</title>
   <updated>2011-07-17T10:58:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-15-La-tentacion_a542.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/2652412-3745254.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2011-01-28T11:39:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Para conocer la historia de Milos Amós haz un click en su nombre en verde. O busca "La Solución".     <div style="position:relative; float:right; padding-left: 1ex;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/2652412-3745254.jpg?v=1296214161" alt="La Solución 15. La tentación." title="La Solución 15. La tentación." />
     </div>
     <div>
      Está en la cima de la montaña. Bebe el agua que el rocío deja a su alrededor. Ha tenido varios días de una extraña exaltación. Ha llegado a acariciar unos hierbajos que van creciendo junto a la punta de sus zapatos. Son de un color morado, muy lacios, algo tristes. <a class="link" href="http://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-14-Trayecto-quieto-en-la-montana_a528.html">Milos Amós</a> suele mirar hacia un lugar intermedio entre el horizonte y la ladera. Apenas parpadea. A veces recuerda que comía y la saliva, amiga de los recuerdos, acude a su boca y la epiglotis realiza su movimiento voluntario de ayuda a la deglución.       <br />
       Ha sido en la mañana. El sol se hallaba teñido de gris por las nubes y mostraba su círculo amarillento. Milos Amós ha extendido los dedos de su mano derecha para saber sin aún estaban vivos; los dedos han respondido a su deseo y han hecho un par de cabriolas estirándose y luego replegándose muy rápido como si los tendones fueran muelles tensados en exceso. Milos ha oído, sin escucharlos, los sonidos de la montaña. Estos eran: piar de unos polluelos, arrastrarse de unos invertebrados, remolonear de las hierbas por el viento, cauce de río muy lejos, movimiento de las nubes en el cielo, clamor de bandada de grullas hacia el sur, rama en el suelo que se quiebra, pasos de un vertebrado superior, rumia de un ciervo, cornamenta rozándose contra el tronco de una encina, ardilla corriendo, castor royendo, serpiente mudando la piel. Ha sido un atisbo de arcoiris el que ha dado inicio a la tentación. El ojo, atraído por el fenómeno, se ha desviado hacia su izquierda y en la coda de colores que aún no se habían formado, ha entrevisto Milos la cabellera morena de una mujer de ojos verdes. Ha sido una arritmia en su corazón, un movimiento desmesurado en su estómago, una inicio de erección que apenas ha llegado a ensayo y sin quererlo la tentación se ha aposentado y, tras tanto tiempo solo, ha sentido que caminaba por un suelo cubierto de asfalto, caminaba con una bolsa en cuyo interior había un té de jazmín y bergamota. Llegaba hasta un edificio. Escuchaba la voz de la mujer que le abría el portal. Llamaba al timbre de su casa. Una sonrisa tras la puerta. Una mano que acariciaba su mejilla. Un abrazo que hundía sus costillas. Y tras darle el presente, la voz de la mujer que dice: Pasa, ¡qué bien que hayas venido!       <br />
       El rayo ha escindido el arcoiris en dos enormes pedazos. La lluvia ha empapado el suelo. Milos no sabe si llora o llueve. Con concentración descomunal ha exigido a la tentación que huyera. Nada tengo que ofrecerte, piensa. No vuelvas, mujer de cabellera morena y ojos verdes, piensa. No tengo nada. Nada soy. Ni tan siquiera cima de esta montaña. Bebo de las hierbas y me alimento de la nada. Mi cuerpo apenas pesa y mis pies deben de haberse convertido en humus. Creo que tengo llagas en la espalda y que una sanguijuela se alimenta de la sangre de mi cuello. No vengas para enturbiar con anhelos esta quietud a la que me he condenado. Así debo estar. Nada queda. Y si algún día, si algún día... Esta última frase la ha pronunciado en voz alta y Eco, siempre atenta a las frases de los hombres, le ha respondido, Día, día y la noche ha caído como si no hubiera habido tarde y Milos se ha quedado dormido, lleno de temblores y en su temblor, después de tanto tiempo, ha vuelto a escribir un poema que dice así: <span style="font-style:italic">Ámbar gris</span>.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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  </entry>
  <entry>
   <title>La solución 14. Trayecto quieto en la montaña</title>
   <updated>2011-07-17T10:58:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-14-Trayecto-quieto-en-la-montana_a528.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2011-01-07T00:30:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      Al sonar los tambores en su cabeza, Milos tiene un escalofrío. Escucha los gritos de una mujer y de un amigo. Siente una cena en un restaurannte de una ciudad. Cree haber estado en algún momento rodeado de gente en un bar de una ciudad del centro de su país. Es querido. Es animado. Es besado por la camarera que le ama en ese momento hasta las lágrimas. La cima de la montaña le trae hasta allí unas rayas de cocaína, el cuarto de baño, la sonrisa excitada de la mujer enamorada, su nariz -la de Milos- yendo a la raya, aspirándola, siente en la cima de la montaña el amargor de la cocaína por su garganta, lo bello que se siente en el espejo, la boca de la mujer tras él que le hace un gesto de lengua en los labios. Suenan los tambores. Suenan las ráfagas del viento. Salen del cuarto de baño. Ella le ha cogido de la mano. Le ha llevado a la trastienda. Se ha abalanzado sobre él. Le ha pegado su cuerpo. Le ha abierto las piernas. Luego ha reído. Se ha separado. Ha vuelto a extender un par de rayas. Ella se la ha metido primero. Luego él. Lo incisivos dormidos. Las encías dormidas. La luz desnuda.       <br />
       Es la noche. Milos Amós no ha necesitado cerar los ojos para sentir los tambores. Ni ha querido evitar el recuerdo. Alguna vez fue querido. Ahora lo sabe. En la juventud todos somos queridos alguna vez. Porque al mismo tiempo todos queremos ser queridos. Para ser querido querer. Alguna vez fue así. A ráfagas: billar, caída en la gran vía de la ciudad entre grandes risas, drogado, drogado, vomita, una mano en la frente acompaña su naúsea. Existió una Noche de Reyes en una calle que se llamaba Fuencarral. Caía aguanieve. Fueron recogidos por un hombre que acababa de salir de prisión con un cargamento de heroína en sus bolsillos. Milos lo invitó a su casa. La heroína fue su amiga.       <br />
       Ha sentido en la cima de la montaña el frío de la bajada del caballo. Las horas muertas tirado en una cama, junto a su amiga, comiendo a duras penas una manzana.       <br />
       El lucero del alba anuncia la mañana. Milos Amos siente pena por los recuerdos que como diablos le han rodeado en la madrugada. Dormita. Nadie le moverá de allí.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  </entry>
  <entry>
   <title>La Solución 13 o Milos Amós (trayecto)</title>
   <updated>2011-07-17T10:57:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-13-o-Milos-Amos-trayecto_a519.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2010-12-28T18:32:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      En lo alto de la Montaña piensa Cima de Montaña. Ha habido un instante de cercanía con el sonido de un cencerro, abajo, en el valle. Hasta él ha subido. Luego ha caído desmayado víctima de la necesidad. Al despertar ha sentido las siguientes palabras: &quot;Amordazadme, ¡Oh, Dioses venturosos!, calladme para siempre los labios; cosedlos con puntadas de oro; aconsejadme este silencio de alturas; mareadme con la falta de alimento pero no permitais, no, que vuelva mi vista a las llanuras donde los arrozales crecen y el hambre se sacia al instante. Hay en este aire purísimo, en esta ausencia de alimento y agua, en el lúgubre estar sobre la cima, el candor de la ilusión de lavarme así, para siempre, mis culpas ¿Cuáles fueron? ¿Habré de enumerarlas? ¿Habré de decirlas de viva voz? ¿Y si mi memoria no alcanza? ¿Y si el peso de la ley humana cae sobre mí como sobre la mujer cuando es detenida por hollar una tierra privada? ¿Hay lamento más grande que pisar la tierra que nunca será tuya? ¿Hay culpa más horrenda que ésa? ¡La tierra que no es tuya! ¡La inmensa riqueza que esconde! ¡La tierra que no es tuya! Tras el horizonte de mi aldea. Quizás allí comience esa tierra. Quizás yo asistí a la guerra por conquistarla como hicieron los griegos con el cuerpo de Helena, como hizo Eneas con el cuerpo de Italia, como hizo Hernán Cortés con la piel de México y Pizarro con la del Perú y más aún Amundsen con las gélidas texturas de lo más Sur. Si fuera así, si mi culpa fuera tan horrenda y natural, si por ella me habéis traído aquí, ¡Oh Dioses suaves! mantenedme aquí, sepultadme bajo el suave manto de la nieve y que ella cautive mi piel y la traspase y hiele mi músculo y llegue hasta mi hueso y lo detenga. Moridme, Dioses, en esta cima. Moridme.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-13-o-Milos-Amos-trayecto_a519.html" />
  </entry>
  <entry>
   <title>La solución 12 g Milos Amós (de nuevo)</title>
   <updated>2011-07-17T18:25:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-g-Milos-Amos-de-nuevo_a514.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2010-12-22T18:38:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Para quien quiera conocer un poco mejor a Milos Amós, he colocado su link (su nombre en color verde) a la primera parte de su trayectoria a la que titulé La Solución.     <div>
      En lo alto de la montaña, azotado por los vientos y una lluvia mala, se sentó. Aún no recordaba nada anterior a su discurrir vital hasta el cenobio. Su mundo anterior había, simplemente, desaparecido; desde el cenobio se dejaba llevar por sus pies; comía tan sólo si le daban de comer; dormía bajo techado si encontraba un techo; cagaba a escondidas y en general al aire libre; si caía una moneda en sus manos se la daba de inmediato a otro que estuviera también necesitado; las monedas le quemaban las manos. Un día, al inicio del ascenso, una mujer bonita le dio un billete y a él se le llagaron las manos; corrió hasta un banco y allí, atrapado con una piedra, dejó el billete; luego volvió a la mujer y le enseñó las llagas; ella le llevó a su casa y le curó con ungüentos suaves como leyendas de Arabia.       <br />
              <br />
       <a class="link" href="http://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion-1_a26.html">Milos Amós</a> se había vuelto más alto y más esbelto; su cabello había crecido entre rizado y suelto y ciertas zonas tenían el brillo de los colores claros; sus manos por fin tenían callos; apenas vestía una zamarra encontrada en un ropavejero, unos pantalones de pana y unas botas de pocero. Con ese aspecto, a su pesar, solía producir miedo. Así es que su mente, vacía, se le llenó de cima de montaña y hacia ella se dirigió cuando empezaba octubre. Anduvo y fue detenido y puesto de nuevo en libertad; volvió de nuevo a andar por una llanura que parecía no tener fin; paso tras paso, la ausencia de todo en la mente de Milos le hacía no sentir nada; tan sólo caminaba y sus ojos oteaban la cima de la Montaña. Cuando mediaba febrero su mirada se dio de bruces con la Cordillera. Allí está. Ése fue el primer pensamiento distinto a Cima de Montaña que tenía desde que inició el viaje. No aceleró el paso. Tan sólo se abrigó el cuello porque caían los primeros copos y un grajo volaba a ras de suelo. Al llegar la noche encontró una lobera. Dentro los lobos dormían. A gatas entró y escuchó los gruñidos. Milos Amós se dio la vuelta, se bajó los pantalones y al macho dominante le ofreció el culo. El macho lo olió y se retiró. Milos Amós durmió. Era el alba cuando los lobeznos aullaban alimento. Era el alba cuando Milos salió de la lobera, cogió unas hierbas parecidas a espinacas y mientras las masticaba comenzó el ascenso a la cima de la montaña. Ascendió durante tres jornadas. Nevó intensamente. Luego comenzó a llover. Y llovió y llovió más. Y la zamarra, por el peso del agua, le hizo ceder más de una vez. Milos tomó resuello y pensó su único pensamiento, Cima de la Montaña y ascendió y ascendió y en la oscuridad del lugar inhóspito sintió que la cima ya estaba cerca, la tocaba con sus dedos, era ancha, podía sentarse y descansar. Y así lo hizo como Montaña sobre la Montaña. Cierra los ojos ahora. Quisiera comer pavo. No come nada. No piensa nada ni tan siquiera cima de Montaña.       <br />
       
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-g-Milos-Amos-de-nuevo_a514.html" />
  </entry>
  <entry>
   <title>La solución 12 f Se puso a escribir en tercera persona</title>
   <updated>2011-07-17T18:25:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-f-Se-puso-a-escribir-en-tercera-persona_a218.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/1537555-2052932.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2009-08-14T00:55:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; float:left; padding-right: 1ex;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/1537555-2052932.jpg?v=1289541263" alt="La solución 12 f Se puso a escribir en tercera persona" title="La solución 12 f Se puso a escribir en tercera persona" />
     </div>
     <div>
      Una tarde, en una casa ajena, Milos Amós se puso a escribirse en tercera persona. Miraba a través de una ventana, en realidad dos ventanas en ángulo recto. No sabía a quién pertenecía esa casa. No sabía por qué se encontraba ahí. Era una casa limpia. Tenía varios adelantos modernos. De aquella casa surgió la <b>cuarteta 421</b> de su libro <span style="font-style:italic">Poemas a la Gripe A</span>. La guardó. Apenas la volvió a leer. Tan sólo sabía que estaba allí. La cuarteta. Estaba allí y eso era suficiente en aquel momento, en aquella casa. Pensaba, frente a las ventanas, que la fantasía se había acabado. Ya no estaba. Tras tantos años alejándose. Ocho años alejándose. Pensó en aquella casa el número ocho. Le pareció una cifra redonda. Infinita también. Quiso o recordó un libro de <b>Georges Ifrah</b> sobre la historia de las cifras. No una historia esotérica, una historia científica. Era una historia científica. O una simple historia.       <br />
              <br />
       <b>Cuarteta 421</b>       <br />
       Madrugadas y azul       <br />
       se me vienen y van.       <br />
       Madrugadas y azul       <br />
       alejado de allá.       <br />
              <br />
       Pronto se había hecho la noche y se había visto en la cama. En una cama que en nada le concernía. Como una cama de hotel, en una habitación de hotel. Sin historia para él que se escribía en tercera persona, en mitad de la madrugada, en una casa desconocida, con unos ruidos desconocidos que ni siquiera le causaban temor. Si le hubieran causado temor. A lo mejor, entonces, se dijo o incluso lo escribió en tercera persona, llamando al personaje por su nombre. Más tarde abandonaría esa casa limpia. 
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>La solución 12 e Milos Amos (una reseña)</title>
   <updated>2011-07-17T18:24:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-e-Milos-Amos-una-resena_a217.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2009-08-08T11:33:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      El día 7 de agosto de 2009 aparece una reseña en el <span style="font-style:italic">Neues Literatür</span> un semanario de novedades literarias de Suiza en el que se habla de un nuevo libro de poemas del autor <a class="link" href="http://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion_a26.html">Milos Amos </a> titulado <span style="font-style:italic">Poemas a la Gripe A</span> compuesto por seiscientos poemas estructurados en cuartetos sin son de arte mayor y en cuartetas cuando lo son de arte menor.       <br />
              <br />
       Todo el poemario es un extenso recorrido por los síntomas de la gripe A que al fin y al cabo son casi los mismos que los de cualquier otra gripe excepto la llamada <b>gripe española</b> la cual tenía como particularidad la extensión del color púrpura por todo el cuerpo previo a la muerte.       <br />
              <br />
       Sin querer hacer de crítico porque no tengo la menor vara de medir (ni siquiera una vara de un milímetro de crítica), los poemas de Milos Amos  (no pongo el acento porque parece que el autor se lo ha quitado) rezuman un renacer, una especie de olvido de sí mismo, una nueva tentativa de vivir sin el pasado, una vuelta de tuerca a la esperanza humana de soslayar en la medida de lo posible los recuerdos para atender tan sólo a lo que ocurre. Así en la <b>cuarteta 26 </b>escribe:       <br />
              <br />
       No era la náusea       <br />
       razón para morir       <br />
       ni el temblor de la piel       <br />
       atrajo el seísmo.       <br />
              <br />
       Milos Amos no explica nada, no arguye nada y (en aclaración hecha por la editorial) prohibe cualquier explicación por parte de los editores a su nueva obra.       <br />
              <br />
       Sin querer hacer lo que él prohibe, en el <b>cuarteto 523</b> el poeta escribe:       <br />
              <br />
       Amurallado entre cajas y cajas de pañuelos       <br />
       he conseguido crear un velo entre mis pasiones       <br />
       y la fiebre de la noche la cual engendra furias       <br />
       que pasean por todo mi organismo.       <br />
              <br />
       ¿No hay en este cuarteto una lejana relación con su huida? ¿No hay un atisbo de vuelta, de mirada atrás, de ajuste de cuentas? ¿Ese último endecasílabo no es un guiño a toda su obra anterior y sobre todo a su primer libro <span style="font-style:italic">Once Poemas</span>?       <br />
              <br />
       Quizá Milos Amos ha vuelto. Este libro, de momento, tan sólo es un presagio.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-e-Milos-Amos-una-resena_a217.html" />
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   <title>La solución 12 d Milos Amos vuelve</title>
   <updated>2011-07-17T18:23:00+02:00</updated>
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   <category term="Cuento" />
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   <published>2009-04-28T19:21:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/1347748-1779367.jpg?v=1289541260" alt="La solución 12 d Milos Amos vuelve" title="La solución 12 d Milos Amos vuelve" />
     </div>
     <div>
      Había sido por la tarde cuando sintió la orden. Estaba desnudo sobre una cama, aplastado por un calor salvaje. A veces giraba un poco la cabeza hacia el lugar donde se encontraba la ventana y tras ella una persiana de rejilla de color verde y tras ellas el sol que caía a plomo, lo ardía todo, y se tocaba la polla, intentaba animarla para hacerse una paja y correrse y quedarse agotado para dormir un rato y ver si en ese intervalo de inconsciencia el bochorno se había calmado, se agitaba algo la persiana, una bocanada de aire fresco se anunciaba. Esta vez no se empalmaba. A lo largo de la tarde lo había conseguido en cinco ocasiones. No se desesperó, ni sintió una frustración que de seguro le habría dado más calor. Busco otro medio para salir de aquella asfixia mientras la espalda se pegaba a la sábana y el mundo se hacía un poco más sucio. En su pensamiento recordaba un hermoso lago de aguas doradas en la China. No sabía si había estado en él y sin embargo lo recordaba, quieto, entre montañas, milagroso. Lo llamó Hoo Shon por una necesidad absurda de llamarlo.  Sonrío cuando en un alarde de imaginación creyó caminar hacia sus aguas y sentir en las palmas de los pies su temperatura fría, casi invernal. A su boca acudió algo de saliva ¿Dónde?, se preguntó. La tarde callaba. El exterior no existía. No recordaba el nombre de la ciudad en la que estaba. No recordaba el continente en el que estaba. No sabía cómo había llegado hasta allí. Le vino el recuerdo antiguo de un incendio y le produjo más calor aún. No quiso confundirlo con el calor asfixiante del exterior; este calor nuevo nacía dentro y parecía hornear una idea que empezaba a crecer en los alrededores de su hígado. Milos cerró los ojos y buceó en sí mismo. Vio el fuego. Se acercó cuanto pudo y entonces pudo leer -tras las llamas que surgían de su vesícula biliar- VUELVE. El fuego horneaba en los cálculos de su hígado estas letras.       <br />
       Milos se incorporó. Anduvo hasta el baño. Se metió en la ducha. Fue consciente de lo mucho que había adelgazado. Se ensoñó con una ciudad bajo la lluvia y una muchacha con paraguas expulsando vaho por la boca. Degustó la palabra boca. Salió de la ducha. Se secó excepto el pelo. Cogió una mochila que no sabía que tenía y al salir a la calle el aire de una tormenta entró por su nariz. Ya no le importó dónde estaba. Iba a volver.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>La solución 12 c </title>
   <updated>2011-07-17T18:22:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-c_a144.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2009-04-06T20:46:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
      Lleno de arrogancia, se dijo. Lleno <span style="font-style:italic">de observador</span>, se dijo. En mitad del llano miraba las estrellas que habían ido apareciendo tras irse largas bandadas de nubes. Imaginó a aquellos hombres que creían que la bóveda celeste era de piedra y las estrellas agujeros por donde asomaba el fuego que rodeaba a esa gigantesca esfera; imaginó a aquellos hombres deduciendo la música de las esferas porque -se decían- si la bóveda celeste es sólida y nosotros vivimos en un medio sólido y giramos como gira la bóveda celeste, ese movimiento tiene que producir una fricción y esa fricción ha de producir un sonido y no puede ser de otro modo que esos sonidos creen una relación y que la relación de esos sonidos sea ni más ni menos que música. La noche cantó una pausa entre dos notas.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-c_a144.html" />
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   <title>La solución 12 b Milos Amós</title>
   <updated>2011-07-17T18:21:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-solucion-12-b-Milos-Amos_a143.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/1308832-1721670.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2009-04-05T12:56:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Para conocer más de Milos Amós leer las entradas La Solución en varias entregas.     <div style="position:relative; float:right; padding-left: 1ex;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/1308832-1721670.jpg?v=1289541258" alt="La solución 12 b Milos Amós" title="La solución 12 b Milos Amós" />
     </div>
     <div>
      <a class="link" href="http://www.fernandoloygorri.com/La-Solucion_a26.html">Milos Amós</a> se despertó. Escuchaba unos sonidos antiguos. No desconocidos. Eran como un mar pero mecánico y sin ritmo. Todo era oscuridad. También le faltaba algo en ese espacio sonoro, algo que había desaparecido bajo ese sonido mayor de un mar rugiente y mecánico. Pensó si abrir los ojos pero aún se vio en una carretera que enfilaba un monasterio llena de hielo y nieve. No conduce él. Es un amigo quien lo hace. Él decide bajarse. Promete llegar a una exposición. Cae una lluvia fuerte casi granizo. Milos se sube el cuello de una cazadora y camina en dirección opuesta. Se escuchan campanadas. Y el miedo y el renuevo y la línea de salida surcan su pensamiento (al que nunca supo acallar siempre rondando su espíritu o algo de lo desconocido. Siempre razonando -por decirlo de forma alguna- los acontecimientos. Hasta en los sueños) como fogonazos o látigos que sacuden su espalda. Debe enfrentarse piensa. Un ráfaga de la cenobita (o de su nombre) acude a su miembro y se le empina y quisiera follar en ese momento, en sólo ese látigo. Descubre que la espalda aún no le duele y eso, decide, es muy importante, esencial para su vida. Hubo una montaña, hubo el incendio de una parte de su vida, hubo una huida, hubo un páramo. Aquello no le vacunó de la incertidumbre. No le vacunó lo suficiente. Se agarra fuerte a una imagen de un farallón en una costa verde. Huele a gris. Eso le hace respirar y tararea una canción. Sabe lo que no debe pronunciar por respeto, una cuestión religiosa si se quiere, una obligación moral también, mantenerse en una línea de actuación que siempre podrá defender porque cumple los preceptos de toda moral antigua: lealtad, discreción, respeto. Se va hacia allá. Y vuelve. No está renovado. Hay mucho por hacer. Y él lo sabe. Y en su mente se incrusta una intención, Es el momento de construir mi patria.[
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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