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 <title>Inventario</title>
 <subtitle><![CDATA[Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri]]></subtitle>
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 <updated>2026-05-08T11:16:05+02:00</updated>
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   <title>Obra y suicida</title>
   <updated>2026-05-04T19:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Obra-y-suicida_a2605.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-05-04T18:40:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La&nbsp; suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>La noche</title>
   <updated>2026-04-13T20:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-noche_a2601.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-04-13T18:07:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Es la masa que se acerca al quicio de la puerta. Es el dormitorio oscuro con una sola ventana que da a un estrecho pasillo entre el muro de la casa y el murete del jardín de la casa contigua. Es el tiempo que transcurre negro. Es el silencio en medio del cual el motor de una nevera pareciera el de un biplano de la segunda guerra mundial. Es la mente -la loca de la casa- que camina herida. Es la ausencia que le llena de culpa. Es el castigo que había visto horas antes en cualquier refriega. Es ese temor del padre que ansía volver a ver a su hija sólo una vez más. <br />  Un padre, por cierto, que hubiera aceptado el constructo de la idea de familia. Un padre que se sintiera libre de manchas indelebles. Un padre que nunca hubiera tenido vocación de tal pero que llegado el momento de asumirlo lo hubiera hecho con la responsabilidad que impone el cargo. Un padre mayor y solitario, en este caso. Un padre al que no le fue bien siendo hijo, ni tampoco hermano. <br />  Volvemos a esa masa entonces, a esa noche oscurísima de enero, en un país donde las tradiciones pesan, con un clima de montaña por donde los vientos pasan poderosos y mueven con crueldad las ramas desnudas de almendros y arces y las vestidas de los laureles, que provocan, en los goznes de una cancela, una suerte de gemidos que remiten a los lamentos de un preso en una mazmorra cuyo único delito fue amar la libertad. Ese hombre entonces, a punto de la vejez y el olvido, siente la masa más negra que la negrura inmensa de la noche en la que duerme, observándole desde el quicio de la puerta de su dormitorio y al mismo tiempo ocurre que unos a los que conoció de niño quieren atarle los brazos con unas cintas para poder inmovilizarle y aplicar sin resistencia una tortura. Le parece al hombre que la masa que se mueve negra y densa en el quicio de la puerta de su dormitorio, es la que ordena a sus captores, a los que conoció de niño, con los que convivió la infancia, que le reduzcan y el hombre aunque lucha, sabe que no va a poder vencer porque le fallan las fuerzas de los brazos, porque la vejez llegó a sus músculos y porque en el fondo blanquísimo de su ser no quiere luchar más y es ahí, en ese momento de desfallecimiento, a punto de ser entregado a la viscosidad de la masa oscura que como si se viera sometida a una fuerza superior a la suya -que es de por sí hercúlea-, le impide traspasar el quicio de la puerta del dormitorio del hombre que fue padre sin buscarlo, éste, aterrado, con el miedo frío de los terrores óseos, supone que quizá sueñe y que esta muerte horrenda a la que va a ser conducido por sus propios hermanos, puede que no sea más que un juego de su mente.&nbsp; <br />  La masa se hace grande. ¿Duerme? ¿Podría despertarse? De la lucha quedaría un mechón de cabello blanco en los mechones de su frente. ¿Querrá? La masa se hace más grande. Todo late. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Stockholm</title>
   <updated>2026-04-09T17:47:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Stockholm_a2599.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/95942615-66956472.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-04-09T17:09:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/95942615-66956472.jpg?v=1775749572" alt="Stockholm" title="Stockholm" />
     </div>
     <div>
       <br />  Se revuelve como todas las mañanas. Deja que las horas pasen. Abre los ojos y los cierra. La luz no acaba de entrar. Se levanta mucho más tarde de cuando lo hubiera deseado. La culpa lo mantiene en la cama. Tumbado. Apretando los ojos. Y sueña asuntos con amigas de hace mucho que provocan cierta angustia, la incapacidad de no saber cómo resolver aquello (que no sabe con exactitud lo que es). <br />   <br />  Avanzada la mañana. Parece que la primavera asalta. Cantan los pájaros y los tulipanes -tan efímeros como la vida- abren sus pétalos para recibir la luz del sol y permitir que las abejas entren y hurguen en sus estambres. Desayuna junto a la ventana abierta. Escucha a un mismo tiempo la voz de los pájaros y los aullidos de la última guerra. No sabe por qué. La herida siempre abierta. <br />   <br />  Lee a un hombre contemporáneo. Escribe tres palabras. Le asalta el deseo de adormilarse. Hoy tampoco será el día. No, hoy tampoco... se repite. Respira fuerte. Decide sobreponerse. Decaerá pronto. <br />   <br />  ¿Cómo se puede justificar que no ataque? ¿Cómo es posible que no se desnude y grite y acuse? ¿Por qué mantiene la herida abierta? ¿Por qué no muestra las certezas? ¿Aún hay tiempo? ¿Habrá un arrepentimiento? <br />   <br />  Friega. Cocina. Come. Reposa. Vuelve a la labor inútil. Siempre fue un inútil. Su labor lo fue siempre. Toda labor, en última instancia, debe de serlo. Porque nada de lo humano le es ajeno. Porque jamás dejó de escuchar. Dentro de poco se enfrentará al mundo y todas sus relaciones estarán marcadas con el estigma de la culpa. Algo hubiste de hacer, se dice, como si no fuera posible que se actúe contra alguien sin que éste merezca semejante acción. <br />   <br />  Mis secuestradores, medita, malditos canallas, no me abandonéis. La tierra para un sólo hombre es inmensa. Pensad lo fácil que es perderse. Pensad lo mucho que conviene al ser humano sentirse amparado. <br />   <br />  Cuando caiga la noche se drogará con imágenes. Se acostará tarde. Para no despertar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Revuelta</title>
   <updated>2026-03-03T20:47:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Revuelta_a2591.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-03-03T20:23:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Eran las nueve menos diez. Habíamos quedado hacía veinte minutos y él aún no había llegado ni me había llamado ni había respondido &nbsp;a los mensajes que le había estado enviando. Yo tenía quince años y él también. El andén se estaba empezando a quedar vacío. Las gentes terminaban de despedirse. Mi vista, como si fuera una estatua, estaba fija en las escaleras mecánicas que bajaban desde el vestíbulo y por donde él tenía que aparecer antes de ocho minutos. Sólo quedaban ocho minutos. Encendí un cigarrillo y me apoyé en una de las columnas que sustentaban la marquesina que cubría los andenes. Fumaba. Miraba. Recordaba. El plan no podía fallar. Había gente que nos esperaba y que nos echaría una mano los primeros meses. Luego todo rodaría de manera natural. Recordaba sus ojos cómo brillaban cuando la noche pasada, en el parque de La Guindalera, nos habíamos dado el último beso antes de irnos cada uno para nuestra casa. Él me miró, casi delirante, y me dijo, Juntos para toda la vida. Desde mañana para toda la vida.. Yo le respondí, Para toda la vida, mi amor, para toda. Vete. Vete. Él salió corriendo, se detuvo y gritó, ¡A las ocho y media! En cinco minutos el tren arrancaría. Nadie bajaba ya por la escalera. Y ¿si no venía? Di la última calada. Miré una última vez. Hacía frío. Quería irme y estaba aterrada y sentí, de repente, una soledad dura y oscura como obsidiana. Con rabia pise la colilla. Me eché la mochila al hombro. Subí al tren. Justo cuando iba a entrar al convoy creí ver por el rabillo del ojo a alguien bajando a toda velocidad por la escalera. No quise cerciorarme. No sé por qué deseé la sorpresa. El tren arrancó. Encontré mi asiento. Dejé la mochila. Me acomodé y cerré los ojos. Que pasara lo que tuviera que pasar.&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>No mancha</title>
   <updated>2026-02-13T21:09:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/No-mancha_a2588.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-02-13T20:04:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Estaba la mar en calma. Cantaba tierra adentro un autillo. El ratón no andaba lejos. Comer, pensaba un joven sentado sobre la rama de un roble. ¡Cuánto aguanta la tierra! ¡Cuánto aporta! Estoy dentro de este ecosistema. Participo de una forma de vida que parte de comer y beber. Comer. Beber. <br />   <br />  Sí, sí, -se hablaba en voz alta la muchacha que pasea a la orilla del mar, la última espuma de las olas puede besar en ocasiones sus tobillos- me sé manejar en este medio. Sé lo que es el aire y sabe el cuerpo cómo hacer para usarlo. El aire. La mañana. La ilusión de los colores... y las tinieblas, claro -¿ha ocultado una nube cargada la luz imperiosa del sol? ¿Estaba éste adormilado, concentrado en un instante de su hidrógeno a punto de explotar o no?¿Fue la cercanía? Si, es cierto, a veces el cielo se cubre de repente y llueve a mares y se recuerda-, ese mundo que cada mañana, como piel vieja de serpiente renovada, desafía a la oscuridad y la vence y se lanza a la luz como manadas... las tinieblas llegarán de nuevo. Estaré sola. La luz está muerta. <br />   <br />  El joven baja de la rama del roble. No tendrá más de veinte años. Su gesto es cordial y su cuerpo ágil y flexible. No lleva miedo. Tan sólo hambre. Piensa en una tortilla española y unos pimientos rojos untados en aceite de oliva y asados con azúcar y sal. La cocina. Canta el nombre de su madre, dice Mayte, Maytechu, Mayte. Se ha cubierto el cielo. Parece que va a llover. <br />   <br />  La muchacha ha echado a correr. ¡Qué fría, de improviso, la arena! Corre la muchacha y piensa en algunas carreras legendarias; ríe y se siente afortunada por estar mojada y saber a sal. Son tantas las gotas que caen que apenas puede ver. En todo caso sabe que ha de ir hacia donde se dirige, que arriba, tras la curva a la izquierda, hay una gran explanada donde ha dejado aparcado el coche. Lo demás es tan sólo llegar y apretarse al espacio. <br />   <br />  El joven llega a la explanada donde ha dejado el coche. Ve llegar por el otro extremo a una muchacha empapada a la que escucha reír. La muchacha entrevé a lo lejos la figura del joven y exclama, ¡Vaya dos! y el muchacho le grita, ¡Sí! y le dice adiós con la mano. La joven se mete en su coche. El joven se mete en el suyo. Arrancan. Se dirigen uno detrás del otro hacia la carretera secundaria. Ponen los intermitentes. Giran. Aceleran. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>La oca</title>
   <updated>2026-01-20T20:47:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-oca_a2582.html</id>
   <category term="Teatro" />
   <published>2026-01-20T18:29:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  <em>Espacio vacío y amarillo. Suelo de arena. Ráfagas de viento de izquierda a derecha según el espectador. <br />  Una mujer y un hombre sentados en sillas de respaldo alto están frente a frente. Les separa una distancia de cincuenta &nbsp;centímetros. Ella viste un vestido corto con estampado de pájaros tropicales. Él viste una camisa blanca y unos jeans. Están descalzos. Tienen los pies hundidos en la arena.</em> <br />   <br />  ...que voy a morderte el cuello para desmayarme; quiero sentir tu sangre en mi lengua, que mi lengua toda se vuelva roja de tu sangre; voy a desnudarme para que observes, sin velos, el universo que se oculta tras la camisa y los&nbsp;<em>jeans</em>; quiero ese momento, frente a la terraza más allá de la cual se encuentra la montaña fría como cadáver rocoso, fría como si se levantaran los muertos Tzara y Ray y se pusieran como locos a construir dadaísmos; ¡déjame comerte el coño! ¡córrete en mi boca! deja que el flujo de tus órganos se deslice -grisura viva- por las comisuras de mis labios; porque el tiempo que vivimos es corto y el placer se turba a veces de sí mismo; porque tememos no rezar a tiempo; porque sentimos que dios ya muerto se quisiera reencarnar en ciervo; flota en el aire el tormento del fin; grita la bestia en las lindes del bosque; el tiempo se hizo marfil y se volvió amarillo; que voy a morderte el cuello hasta descuidarme las uñas, las dejaré muy largas como sables que jugaran en la arena con la palabra 'arena' en francés; desnudos los dos, al abrigo de un viento lóbrego que vino de Occidente y cubrió la carretera del muérdago que agoniza en los albores del invierno; despojados, cerrados los ojos, atentos los labios, inquietas las manos, lo vellos de los sexos entrelazados por fin, las puntas de los pies a punto de despegar; sí, nos quiero así, sólo un día más, tras un trago de vino bueno, el día que dejó de llover... <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Ctónico</title>
   <updated>2026-01-12T20:22:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Ctonico_a2581.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-01-12T19:43:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Es el túnel. Te lo tengo que decir. Una oquedad que se abre en mitad de la noche. He estado conduciendo por una carretera secundaria. Creo que sé a dónde voy. Aunque hayan pasado muchas horas. En la noche, como te digo, surge y sabes que vas a entrar, que vas a seguir hacia delante porque supones que llegará un momento en que saldrás del vientre de la montaña y volverás a sentir la ligereza del aire libre y, si así fuera, la noche estrellada... si así fuera. Conduzco, te decía, por esa carretera oscura como boca de pitón. La noche está cubierta. Tan sólo se ve hasta donde la luz amarillenta de los faros alcanza. Por eso la sorpresa ante la oquedad que se abre de repente, una negrura más negra si cabe, una negrura donde además voy a entrar <em>motu propio</em>. Podría darme la vuelta. Podría no ir al sitio a donde iba. Nada era tan importante. Creo que nada era tan importante como para verme impelido a entrar sí o sí por la boca del túnel; aún así entro. La oscuridad se estrecha. Es un túnel de un sólo carril. No hay nadie por delante. Hace ya muchos kilómetros que no diviso las luces traseras de algún vehículo. Me habría venido bien en algún momento, sí, en algún momento de fatiga. Para dejarme llevar por esa luz y no tener que andar adivinando la dirección de cada curva a cada rato. Tampoco nadie me sigue. Es una noche de noviembre. En noviembre hay menos coches en las madrugadas. Las carreteras parecen abandonadas y todo se vuelve misterioso, los kilómetros en sí se vuelven misteriosos y las sombras que corren a su vera. Estoy solo. Conduzco por una carretera secundaria de media montaña. Acabo de entrar en un túnel. Nunca había estado en esta carretera. No sé cuán largo es el túnel. No me he fijado si en algún cartel lo han avisado. Desde hace un tiempo venía manteniendo la vista al frente, iba con el piloto automático puesto, quería llegar. No sé por qué quería llegar. No sé si saldré alguna vez de este túnel gris. Parece ser él el que se mueve mientras que el coche está quieto: el asfalto&nbsp; corre bajo sus ruedas y los muros y la bóveda vuelan sobre y a los lados de mí. Si no saliera, sólo una cosa te deseo: que me olvides pronto, muy, muy pronto. El muro y la bóveda del túnel vuelan, ágil se desliza el asfalto. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>Hoy ha muerto Franz Kafka</title>
   <updated>2026-01-06T21:05:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Hoy-ha-muerto-Franz-Kafka_a2580.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-01-06T20:39:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No estaba soleada. La respiración se iba haciendo fatigosa. El clavel, en el alfeizar de la ventana, sumergido su tallo, más o menos hasta la mitad, en un vaso de agua de cristal transparente. Los efectos de la luz. Su rostro afilado. El olor a alcanfor. Es pobre la habitación. La cama. Una mesa. Tres sillas. Un armario ropero. El vaso de cristal transparente con clavel. Dora ha salido un momento. La devoción amorosa de esta joven. El amor en toda su pureza. Porque conozco a Dora aseguro que el amor existe. Franz apenas puede hablar. Su voz es un susurro, ronca, con el sonido de caverna que provoca la tuberculosis en la laringe. Ayer escribió a sus padres. Me llama no con su voz; me llama levantando un poco la mano. Yo miraba por la ventana. He visto el movimiento de reojo. Estoy atento. Me acerco&nbsp; a la cama y me inclino poniendo mi oído muy cerca de sus labios. Me susurra ¡Máteme! <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; Las nubes cercan el valle. Le miro a los ojos. Sus ojos me exigen. Hubo una promesa. Hace tiempo. Austria, pienso. ¿Cómo será después? sin él.&nbsp; <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Preparo una inyección de&nbsp;<em>Pantopon</em>&nbsp;un opiáceo tan fuerte como la morfina. Sé que K. mira cómo lo hago. Tengo su mirada clavada en mi espalda. Sus ojos grandes, amables, sus cejas oscuras y espesas. Se lo inyecto. Me ruega que me incline de nuevo. Lo hago. Me susurra, ¡No me engañe, se lo pido por el dios de nuestros padres, no me engañe! Sonrío. Le contesto, No le engaño. K. empieza a sentir los efectos del narcótico. Cierra los ojos. Parece descansar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>La loca de la casa</title>
   <updated>2026-01-04T13:58:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-loca-de-la-casa_a2578.html</id>
   <category term="Teatro" />
   <published>2026-01-04T02:54:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  -&nbsp;No vamos a saltar a la comba. Todo ese tiempo ya ha pasado. No vamos a soñar catedrales. Nos queda un resto de argamasa parecido en todo al concepto de amor. No vamos a hablar de las cigüeñas. ¿Cuántas veces tomaste el sarcófago y abriste la tapa para contemplar su interior? No devanaremos la madeja. El mar queda lejos. Lo sabes. No podremos llegar allí. No oiremos una vez más las olas ni sentiremos en nuestros pies la arena fresca, la que queda por la tarde cuando el sol se pone y sale esa luna gorda como el vientre de Deméter y nos quedamos sentados contemplando ese desconocimiento como si lo descubriéramos por primera vez. No nos soltaremos las manos. No nos meteremos en el agua ni sentiremos el picor de la sal en nuestras pieles. Nos vamos a quedar sentados. Nos vamos a mirar a los ojos. Quizás vayas al baño y luego vaya yo y nos crucemos por el pasillo y se rocen, en el cruce, los laterales de nuestros meñiques. Eso haremos, amor mío. Lloraremos con toda seguridad. Tenemos por qué llorar. Es uno de los últimos días. Lo sabemos. Lo sabemos. El piano puede sonar si quieres. No me importa. Lo sabes; sobre todo desde que vivimos en esta casa donde nadie habita más que nosotros, tú y yo, querida mía, la loca de la casa, mi amante leal, mi fuente de inspiración. <br />   <br />  <em>El hombre se queda callado y cierra los ojos. <br />  Ella se levanta y pone en el tocadiscos The gentle side of John Coltrane. Apaga alguna luz. Se descalza. Vuelve al sofá. Se acurruca.&nbsp;</em> <br />   <br />  - Nos tomaremos las manos. ¿Podremos sentir como la primera vez? ¿Ese momento en el que uno de los dos tomó la decisión de tocar la piel del otro y el momento en el que el otro acepta y aprieta y mira? No, ya nunca más veremos el mar. Quedémonos para siempre aquí. Frente al pequeño jardín, escuchando a John Coltrane, hasta que la luna gorda se vaya desvaneciendo en los azules que el sol genera cuando vuelve a nacer. ¿Naceremos más veces? ¿Nos reencontraremos? ¿Qué será de las naves tripuladas que se dirigen a Orión? ¿Nos entenderemos con los sátrapas que hoy asolan nuestra suelo? ¡Ven, abrázame! La noche se está volviendo muy callada y siento como un presagio el silencio del mochuelo! <br />   <br />  <em>Hay un largo silencio durante el cual el bosque murmura. Es el momento en el que el sapo descubre que nunca será príncipe y ese descubrimiento le calma para siempre y le hace saltar de loto en loto. Hay un silencio estelar. Fuera estará la explicación. A ninguno de los dos le importa. La tierra navega y va rápida y sabe que llegará un día en el que ya no se verán desde ella más estrellas. Será el cielo un inmenso vacío azul y negro. Las resquebrajaduras de la bóveda celeste se habrán sellado para siempre, el orbe dejará de girar y quedará también en silencio. Lo saben ellos. Se abrazan.</em> <br />   <br />  - Dormidos estaremos listos. La noche será nuestra aliada. Subiremos las montañas. Navegaremos los pocos océanos que quedan. Haremos vivacs. Nos meceremos en las hamacas de nuestros bisabuelos. Pasará el avión de las tres. Las muchachas aparecerán por la esquina poco después de terminada la escuela. ¡Qué hermosa es la juventud! <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-loca-de-la-casa_a2578.html" />
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  <entry>
   <title>Con pinzas (a lo Ernst)</title>
   <updated>2025-12-23T19:54:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Con-pinzas-a-lo-Ernst_a2576.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/93346206-65271086.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2025-12-23T18:25:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/93346206-65271086.jpg?v=1766514681" alt="Con pinzas (a lo Ernst)" title="Con pinzas (a lo Ernst)" />
     </div>
     <div>
       <br />  Lo llamábamos así y ya está ocurriendo. La nana se va a elevar en cuanto nos quedemos quietos. La nana se elevará desde gargantas dispuestas a todo. No importará la nieve. No nos dolerán los azotes en el culo. Maravilla será ver esas bocas abiertas cagando notas. Ya está ocurriendo. Porque lo estamos aceptando. La grulla arrulla al bebé fascista que acaba de nacer. Marchan por los aires majestuosas autillas con el alma libre mientras los autillos, sus hígados sobre todo, destilan hiel que arde &nbsp;y produce torpor y deseo de morir. Ya no vuelven los pañuelos rojos sino que limpios y blancos ondean azules pañuelos de machos. Veredas y caminos saludan al Estúpido y a su paso una cohorte de mandados riega el mundo con sus meadas y sus salidas de tiesto. ¡Anidad, Marihuanas! ¡Dejad abiertas las ventanas! Los pies seguirán las rutas trazadas. Los cantos elevarán los ánimos de los caucásicos, los cuales, astutos y agresivos, intentarán dar un bocado más. Los zafiros. Los australes. Los Bobos. Los silicatos. Las sales minerales. Las remolachas. Las bandadas de ánades. Las charcas tropicales. Las vallas publicitarias y sus mitos. Las tierras raras. Retuérzame el hurgalio, mister Spock. Quiero, cómo decirle, sentir escrotalmente la furia de mi aliento mientras la tarde se quema entre mítines que enfervorecen a las masas y las inclinan a saludar con el brazo en alto y la mano extendida cual flecha que se dirigiera el confortable mundo totalitario que nos espera entre sus brazos de hierro para apretarnos hasta explotarnos el corazón. Vamos, queridas; vamos, queridos; vamos querides; cógeos por los talles y por la ancha alameda marchemos hacia la nueva barbarie. Pero, ¡Por dios os lo pido! no dejemos de cantar como si fuéramos comparsas de un&nbsp;<em>narcomusical</em>.&nbsp;La hermosura me está invadiendo. Los marcianos se acuestan a mi vera y dejan ver bajo sus muslos sus metralletas. Y ¿qué me decís de las universidades? ¿Qué decir de ese enorme latinismo que es campus? ¡O tempora o mores! Ya está pasando. Llegó de nuevo. Surgen las razias. Se persigue al Otro. Se vocifera la necedad ahíta de orgullo. Se fijan las miradas. Se despiertan los apetitos. ¡Ay, mirlo! Me zambullo. Donde los calamares habitan. En el fondo de todo. Sobre el principio de nada. Aterrado y osado como el frío que asola el valle donde vivo, por donde pasa un río, por donde pasa un río, ¡ea! ¡arsa! ¡olé! <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>El beso</title>
   <updated>2025-12-14T20:01:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/El-beso_a2572.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-12-14T19:39:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo dijimos tan alto. Vibraban nuestras gargantas. Era allá arriba. Todavía con fuelle. Me dijiste que bajara y la lluvia tembló de contenta. El mundo era azul y amarillo con su poquito de verde. Cantaban las aves como si realmente existiera el Paraíso. ¡Qué suave sonaba la cascada! ¡Cómo tu pelo corto y tu cara seria caminaban de la mano con tu vicio! ¡Y qué hermosos eran (los vicios)! sobre todo si se marcaban en las venas de tus brazos y coloreaban de hígado enfermo tu esclerótica. Incluso el beso que no nos dimos tuvo algo de carnal. <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquel día sin embargo no estabas viciada. Viniste limpia y con sonrisa. Parecías una muchacha normal que se ha vestido con unos vaqueros y una camiseta para dar una vuelta por la montaña y que ha venido a buscar al muchacho que le gusta porque es verano y viene de lejos. Aquella mañana era la eternidad. Así fue para nosotros. Así nos cogimos de las manos para ayudarnos a escalar y cuando llegamos a la cima de una de las montañas, nos sentamos y fumamos en silencio mientras mirábamos el mismo mar azul intenso picado de blancos. También el beso que no nos dimos tuvo algo de carnal. Fue allí donde de repente, como ocurren los grandes cambios en la vida, gritaste bien alto y yo te acompañé y grité lo mismo y vibraron juntas nuestras gargantas. <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquel invierno te vi por última vez. Habían dejado abierto la mitad superior del ataúd. Casi no estabas en esa carcasa. Sólo quedaban de ti los labios que en vida también estaban siempre morados. Me incliné sobre ti. Nada me importaba que alguien nos viera. Quería besar tus labios al menos una vez. Lo hice. No tuvo nada de carnal. <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>Andén 3</title>
   <updated>2025-12-06T20:32:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Anden-3_a2568.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-12-06T20:06:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Cuando vimos los aspavientos de aquel hombre que en su sexualización fluida era casi casi una mujer, todos acudimos en su auxilio; el primero que llegó junto a ella -ahora es ella porque al acercarnos nos inundaba una esencia tan femenina que pálida se quedaba Afrodita en su concha tal cual la imaginaron los maestros renacentistas italianos- se quedó pasmado, transido de contemplación, como ido; tras él llegamos varios en tropel y al sentir el temblor en el labio inferior de aquel ser que surcaba los géneros como quien surca un amar, sentimos cada uno en el nuestro algo parecido a la empatía, algo parecido al dolor. Llegaron los demás y se hizo el silencio, tan sólo reverberaba en la Gare du Nord -que allí era donde estábamos-, en el andén 3, el aleteo de un petirrojo que se debió de extraviar cuando migraba hacia el sur. Justo en ese momento el sol emitió su último suspiro y nos entregó a la sombra como entrega un padre la novia ante un altar; ella -por los claroscuros que se habían pintado en su rostro- era ahora un muchacho adolescente, a punto de juventud; su gesto, atormentado, nos hablaba de pasiones antiguas como la piedra o la luna y su mano derecha, contenida en puño pálido cual alabastro, parecía contenerse a sí misma en una lucha final; lentamente, adagio infinito, le abandonó del todo la luz y su cuerpo se dejó caer sobre el suelo hecho de adoquín gris, del feo y sufrido adoquín gris y a medida que su cuerpo entraba en contacto con el adoquín se diluía, se iba yendo hasta que tan sólo quedó de aquel ser tan bello un rastro de bruma que sabía a sal. <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>La concatenación de los hechos desdibuja la contienda</title>
   <updated>2025-12-04T17:13:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-concatenacion-de-los-hechos-desdibuja-la-contienda_a2567.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-12-04T16:38:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ...y atiende la murga los pasos de los muertos; en el altozano se ha divisado la planta del té y las mujeres al grito de ¡Viva los nabos! han subido por la escarpada ladera, con la cabeza hacia arriba como si esperaran los cielos o una tormenta de padre y muy señor mío; la jefa de todas ellas, doña Margarita de la Manzana Verde-Doncella, se ha arremangado las faldas y como alma que llevara el diablo se ha lanzado a la cima, desgañitándose, jadeándose, enrojeciéndose hasta quedar casi sin resuello cuando con su pie izquierdo ha coronado la cima y dulcemente, como si niña fuera, se ha quedado dormida. <br />   <br />  ...venid, venid angelitos del demonio; venid, venid, almas en pena; corred, corred marsupiales y que cada salto que deis sea un aguacero de primavera; bebed, bebed cervatillos grises; amad, amad duendes de las rocas blancas; amasad, amasad con vuestra manitas el barro de las marmitas; haya tras venir, beber, amar y amasar un bucle cual rizo de muchacho casadero que rozara ligero la frente de doña Margarita y que ese roce del rizo del cabello despertara en ella la sed del sexo y fuera su cuerpo manantial fresco de flujos y promesas. <br />   <br />  ...aunque la muerte aceche y el dolor suponga el color de la adormidera, cantad caritas de oso, bufad espectros del mundo, alabad guiñoles queridos el humor que del hombre sale cada mañana, cuando acude a la vigilia y olvida el lugar en donde realmente habita: el mundo del sueño, el mundo sin forma, el mundo sin duelos. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>2053</title>
   <updated>2025-10-29T21:40:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/2053_a2554.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-10-29T19:26:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Cuentecillo en verso     <div>
       <br />  Ya no estará <br />  será helio <br />  sol absorbido <br />  Por la llanura quedará un resto <br />  como el matapolvo que cae sobre el camino y varía levemente el tono de la tierra <br />  La noche se agiganta <br />  El peso no se hace leve <br />  Brilla la esfera apagada <br />  Ya explotó el globo <br />  Sólo queda de lo humano una máquina de coser y una cuchara <br />  las cuales vagan por el cosmos <br />  como dormidas <br />  como mecidas <br />  Ya no estará y el mundo, probablemente, siga; habrá nuevos anuncios para nuevos productos y una que ya es vieja dirá que todo se repite, que todo sigue igual <br />  Así es que hoy, piensa, <br />  se atará fuerte los cordones de las botas <br />  se ceñirá la zamarra para que el viento no entre por donde no debe entrar <br />  se armará de gorro y bufanda <br />  y ascenderá, ascenderá, ascenderá por el árbol que le une con el más allá <br />  y al llegar allí se perderá <br />  y yacerá y soñará que el espacio es tan sólo una letra finita <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>Ocre, sí</title>
   <updated>2025-10-23T20:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Ocre-si_a2553.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-10-23T20:24:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  El frío había ido entrando poco a poco en el valle. Las nubes se iban haciendo dueñas de los cielos. Una bandada de estorninos, cardumen invertido de sardinas, jugaba a llenar el aire de trazos automáticos, tiznajos negros hermosos como Ártemis desnuda y poderosa. Unas manos masculinas terminaban de acariciar los senos de su amiga. La muchacha se recomponía mientras el rubor en las mejillas nos hablaba del gozo de sentir. Sí, la vida también se da y se calienta la sangre aunque el frío vaya entrando por las venas de los valles. La tarde fugaba. Muchos árboles habían deducido que ya era tiempo de ahorrar energía. El cuello del hombre con su perro era un manchón impresionista en mitad de un bosquecillo. El viento de todos los noviembres se anunciaba y allá, en las últimas montañas, se ondulaba una cortina de agua que habría de llegar. <br />  El joven acompañó hasta la puerta de su casa a la muchacha. Se besaron con hondura las bocas, carnosas ambas como duraznos de verano. Él se alejó cuando ella cerró la puerta. Pensó que todo el mundo en ese instante le cabía. Pensó que el cuerpo, aunque hecho de barro, no podía sino ser barro de cielo y que las estrellas que tan tímidamente empezaban a titilar eran las madres de sus terminaciones nerviosas y del desarrollo del olor de ella, de la piel de ella, del vello de ella y caminaba mientras imaginaba la bóveda celeste llena de diosecillos locos que urdían milagros en sus ojos y nuevas formas de sentir el gozo de beber. <br />  Sí, el frío había ido entrando por el valle mientras él imaginaba un invierno de cuerpos y auroras rosas y azules como el nacer. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Otoñal</title>
   <updated>2025-10-13T19:20:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Otonal_a2552.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-10-13T18:57:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Me desfiguro y sueño el alce que deviene encina o la cruz derritiéndose en caramelo sobre la calavera de mi padre. La noche me asusta y siento ganas de maullar. <em>La noche no puede ser la noche si tú no eres la luna</em>, le dije al oído a una mujer honrada que me besaba los labios como si quisiera encontrarlos. Es una imagen. La antítesis de todo lo que predecían los oráculos hasta que llegué a Casandra y me dijo la verdad y yo no la creí. La tarde había sido hermosa. Los colores ocres de las hojas de los robles, los cielos semi cubiertos de nubes gruesas, de esas nubes con aires de <em>madonna</em>. Quise agarrarme a una soga que pendía del árbol que está en lo alto de la colina, a la que nunca he llegado, del que pendieron tantos; es un árbol sin nombre, es un árbol largo como la vida, de infinitas ramas como la muerte; si te quedas mucho rato mirándolo empiezas a escuchar una música que te hechiza y te eleva hacia él como quien va hacia dios sin saber que cuando esté muy próximo a él le helará el corazón. Me desfiguro. Me allano. Me quedo sin órganos. La voz se va callando, es cierto que todavía hace aspavientos, algunos tienen la gracia de lo raro, la mayoría son parcos. Otoñal.&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Diálogo moral y nada</title>
   <updated>2025-09-22T18:06:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Dialogo-moral-y-nada_a2547.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-09-22T17:23:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  <em>Este diálogo se establece entre una mujer y un hombre que llevan años follando.&nbsp;</em>  <div style="margin-left: 80px;"> <br />  <strong>ÉL: </strong> <br />  Escucho el eco y sufro. No debo acudir al muro. No debo morir achicharrado. Lo que debo... sí, lo que debo... <em>(le cuesta decirlo. Apenas consigue mascullarlo.)&nbsp;</em>...es mirar la luz, el espacio que abre, sus materias. <br />  Tras la última capa del mundo, la nada. La paz debe de ser ese vacío. La llaga vaciada. Sin medios la tortura. No afán. No "faber". <br />  Ahora esculpo. Hay un fragor cuya relación con fragua ahora mismo se me escapa. Podría mirarlo. Sentirme útil. <br />  En los últimos escalones hasta alcanzar la plataforma desde la que lanzarme por única vez al vacío.</div>    <div> <br />  <em>Ella le contesta en cierto estado de trance, cercana a una sibila, quizá&nbsp;se llame&nbsp; Casandra (pobre destino entonces el suyo).</em> <br />  &nbsp;</div>    <div style="margin-left: 80px;"><strong>ELLA:</strong></div>    <div style="margin-left: 80px;">¡Aleja el eco! ¡Jala! ¡Jala! hasta perderte más allá del mar. Sube a la atmósfera. Planea sobre La Madre. ¡Vete, amigo mío! ¡Habib! ¡Vete, amado mío! <br />  Más digo: Ni aunque supieras lo que deseas saber, sabrías. El saber y su cualidad&nbsp;la sabiduría saben porque no saben luego al saber tu sabiduría te llevaría a no saber. <br />  Se sabe porque se ignora. La ignorancia es lo más cerca que los humanos podemos estar del vacío. ¡Ignora, habib! ¡Amado mío!</div>    <div> <br />  <em>Se acercan. Se tocan. Se follan.</em> <br />  &nbsp;</div>  
     </div>
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   <title>Tentación</title>
   <updated>2025-09-19T18:38:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Tentacion_a2546.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-09-18T17:51:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Sólo a veces el tiempo parece avanzar. No sé si es cuando cerramos los ojos o si ocurre cuando esperamos, agazapados en la trinchera, la llegada de los enemigos. Mientras eso no ocurre el tiempo se detiene en las venas y la sangre deja de fluir. El mundo no nos ve. El mundo se quedó ciego de nosotros. <br />  Frente a mí se extiende una neblina gris que parece inmensa. No tiene la apariencia de un muro más bien la de un velo algo pesado por la humedad. Bien sé que quisiera abrazarme. Bien sé que el otro también lo quiere. Nadie osaría hacerlo. Desde niños nos enseñaron a separarnos. La piel es una frontera que está prohibida tocar. Sólo estamos cerca, en esta trinchera infinita, envueltos en los velos pesados de una niebla gris y fría como el sudario que un día a todos nos cubrirá. <br />  La muerte no es el mal. El mal es no acabar de morir. El mal es estar muriéndose mientras lejos nos dicen las noticias que hay unos cielos azules y unos verdes valles y unos mares hondos como la desdicha y unas montañas altas como la tristeza que destilan el batallón que agoniza en esta trinchera sin luz. <br />  ¿Somos el infierno? ¿Estamos en el infierno? ¿Cuál fue nuestro delito? ¿Quiénes son este nosotros que escribe? ¿Quiénes son nuestros dueños? ¿Por qué cae la noche tan rápido? ¿Por qué el frío nos abraza? El cielo negro resplandecerá. Quizás escuchemos, atenuadas por la condensación, detonaciones a las que seguirán lamentos. Luego se hará el silencio y algunos, por fin, podremos seguir cuidando el huerto. <br />  &nbsp;
     </div>
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   <title>Tres cerillas</title>
   <updated>2025-09-17T02:53:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Tres-cerillas_a2545.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-09-16T16:54:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Aquel día el padre tenía que trabajar y su hijo pequeño, de tres años, no había podido ir a la guardería. El padre tras haber desayunado con el pequeño, haberse vestido y haber charlado un rato sobre los sueños de la noche, le dijo: Mientras yo trabajo tú toma estas tres cerillas y juega a algo (no, no, les anulamos el suspense de antemano: el pequeño no va a quemar la casa ni va a causar ningún estropicio. Supongamos que el padre les ha quitado previamente las cabezas de fósforo o que ni tan siquiera ha hecho falta, sencillamente las ha mojado con agua). <br />  El padre se va pues a trabajar. El niño se queda en su habitación. Tiene las tres cerillas en su mano. Su imaginación de repente imagina que dos de las cerillas son hermanas. Viven en una casa en el bosque con sus padres que son dos humildes agricultores. El niño imagina que ese día es jueves, el día de mercado, el día en el que los padres han de ir a la ciudad para vender los frutos de la tierra y poder de esta forma alimentarse ellos y hacerse con algo de abrigo y algo de leña. Es el día en el que las dos hermanas cerillas han de quedarse solas hasta la caída de la tarde. Siempre antes de irse los padres les dan la misma orden: no vayáis al bosque, no os internéis en él y cada vez que se van las dos hermanas desobedecen y juntas, tomadas de la mano, llenas de temor se internan en el bosque. También hoy lo harán, sólo que hoy se encontrarán poco antes de llegar a la Cascada de los Muertos con la Bruja de los Dientes Podridos. El niño mira la cerilla bruja, la tercera, y al mirarla la imagina y al imaginarla se aterra y al aterrarse grita y al gritar sale corriendo de su habitación gritando, ¡Papá la cerilla se ha hecho bruja! El padre escucha el grito de su hijo. Sale corriendo del despacho. Se encuentran ambos en el pasillo. Toma el padre al hijo entre sus brazos. Entre sollozos escucha: la cerilla se ha hecho bruja. El padre decidido le contesta, ¡Hagamos que vuelva a ser cerilla! y como un héroe audaz, con paso decidido entra en la habitación, coge la cerilla que yacía inerme en la alfombra y le susurra en la cabeza de fósforo, ¡Cerilla hazte cerilla, yo te lo ordeno! Mira a su hijo y le dice: si eres capaz de partirla por la mitad ya es cerilla. Solemne el padre le entrega la cerilla al hijo, el hijo la recibe y tras un leve chasquido parte la cerilla en dos. Se miran. El padre le dice: por el valor que has demostrado te nombro Caballero de las cerillas embrujadas. Con paso firme y, tras alborotar el pelo del pequeño, vuelve el padre a su despacho. El niño coge las cerillas que eran hermanas. Están de nuevo en el bosque. Ya pueden pasear sin miedo. No hay bruja. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Dormir por la mañana</title>
   <updated>2025-09-11T18:15:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Dormir-por-la-manana_a2544.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-09-11T17:04:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¡Cómo te queremos! Te queremos no porque tú no nos quieras sino porque nosotros te queremos. Te queremos como se quieren las habitaciones propias. Te queremos con el ansia de querer del adolescente. Te queremos toda. Hasta ausente te queremos. Deprimidos te queremos. Olvidándote te queremos. Y este amar tan inmenso, este querer generoso no exige, por lo mismo, que nos sea devuelto. No nos lo devuelvas nunca. No vengas un día con las manos llenas. Déjanos así, huecos y heridos como los viejos robles hendidos por el rayo. Te queremos. Nos gusta decirlo. Te queremos y nos alegra quererte. No vuelvas y si lo hicieras sólo te exigiremos que lo hagas como si hubiera sido ayer cuando te fuiste. <br />  &nbsp;
     </div>
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