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 <title>Inventario</title>
 <subtitle><![CDATA[Revista literaria y artística escrita y dirigida por Fernando Loygorri]]></subtitle>
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 <updated>2026-09-13T23:06:42+02:00</updated>
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   <title>Sobre las cosas de la Ciudad</title>
   <updated>2026-08-06T13:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Sobre-las-cosas-de-la-Ciudad_a2627.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/97600154-67963467.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-08-06T13:01:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/97600154-67963467.jpg?v=1789224768" alt="Sobre las cosas de la Ciudad" title="Sobre las cosas de la Ciudad" />
     </div>
     <div>
       <br />  Elevado sobre un promontorio, a contraluz del sol, se erguía la figura del prócer. Algunos de nosotros ya sabíamos. Algunos de nosotros habíamos crecido cerca de él. Siempre fue un estúpido. Desde muy niño. Esa es la lección que se aprende en la vida -si está de la vida que aprendas la lección- y que es: el poder es el enemigo natural de la inteligencia. Por lo tanto todo prócer es su enemigo natural siendo como es el prócer quintaesencia de los valores de una sociedad humana. <br />  Nosotros lo sabíamos y antes que nosotros las generaciones anteriores y a través de ellas -como río subterráneo que de vez en cuando, ojos del Guadiana, se deja ver y navega un trecho de su cauce al aire libre entre lomas y campos de olivos por donde las liebres campan a su anchas y el corzo se mueve ágil y pace y palmea la avutarda las aguas de la charca y brinca el saltamontes y crece la manzanilla y repta la culebra que encarna en su piel la regeneración cíclica del mundo- fuimos creando ese contrapoder sin peso y con voz que llamamos genéricamente&nbsp;<em>sociedad civil</em>&nbsp;y cuyas agrupaciones son las encargadas de gritar, de vez en cuando, semejantes obviedades. <br />  También sabemos -porque somos ingenuas lo sabemos- que tenemos la batalla perdida; que desde que la agricultura conquistó el mundo y se hicieron las primeras reservas de alimento, la codicia y la humanidad iban a ser una y la misma cosa. <br />  Ya no temblamos. Miramos al prócer en lo alto de la colina. Él es la personificación de la Acción sobre los Asuntos de la Ciudad. Nosotros somos el contrapoder en la sombra cuya única misión consiste en iluminarlo más y más y más hasta que nos deslumbre de tal forma que nos demos cuenta todos de que lo que quiere es dejarnos ciegos y guiarnos él, único camino de luz; y así, habiendo descubierto a las masas sus intenciones, oponernos y, a base de fuerza como hay que hacer con los seres tozudos y poco inteligentes, torcer su voluntad. <br />  Nuestra arma es la paciencia. La suya el desprecio. <br />  No venceremos. Nuestra obligación es retrasar cuanto sea posible la derrota. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>02 El sirviente</title>
   <updated>2026-07-03T18:54:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/02-El-sirviente_a2620.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-07-03T17:59:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¿Por qué mira con tanta fijeza la muchedumbre que abajo se afana en poner en marcha lo antes posible la maquinaria de guerra? ¿Busca a alguna persona que el azar tenga a bien mostrarle? ¿Por qué esa persona? El sirviente echa hacia atrás la capucha que ocultaba hasta entonces su mirada y vemos, por fin, su rostro y sus cabellos; los segundos son negros y abundantes, parecieran las aguas embravecidas de un océano tenebroso; su rostro es de frente amplia y destaca en ella una cicatriz que la cruza de izquierda a derecha, desde el inicio de sus cabellos allá en la izquierda hasta el principio superior de la ceja derecha; su rostro es casi anguloso pero, sobre todo en su parte inferior, se ovala hasta el punto de que el mentón tiene algo de femenino; son profundas las cuencas de sus ojos y oscuros sus iris; enjutas las mejillas realzan aún más su nariz aguileña cuyo pico sombrea unos labios gruesos llenos de sensualidad. El sirviente desiste. Sabe que tendrá que mezclarse entre la multitud y buscar, buscar hasta dar con ella. No sabe siquiera si estará en sus manos salvar la ciudad del asedio pero sí sabe que si alguien puede la única persona es ella. Pero primero ha de superar dos escollos: que los emperadores confíen en él y que pueda llegar sin ser descubierto hasta el campo enemigo.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      El sol abrasaba sus cabellos negros. El sirviente lo desafío y mientras sus ojos, ayudados de tanto en tanto por un catalejo, seguían rastreando entre la multitud la figura que devolviera a su corazón la esperanza, recordó cómo todo empezó cinco años atrás, cerca de la necrópolis Saqqara, un día de invierno que nunca podrá olvidar.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>01 El sirviente</title>
   <updated>2026-06-29T19:12:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/01-El-sirviente_a2619.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-29T13:51:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La mañana se despertó con un pitido. A lo lejos se oía la llamada de auxilio de unos hombres que se habían perdido en su propio laberinto. Sonaron a rebato las campanas de la iglesia. Corrieron hacia los grandes graneros una multitud de crías, todas las que no superaran los siete años de crianza. Mujeres y hombres, mientras tanto, se habían mirado a los ojos y presas de espanto se habían apostado tras los fuertes muros de las murallas a la espera de la primera andanada de los invasores. Algún general se acordó de un punto débil; algún grupo de mujeres hábiles acudió a reforzarlo. <br />  El sol ya empezaba a vencer el esfuerzo de las primeras horas y señoreaban sus rayos por el cielo. Una bandada de vencejos hacía razias de insectos en pleno vuelo, las aves de presa planeaban sobre sus territorios y unas nubes, avanzadilla de lo que estaba por llegar, manchaban de grises y blancos el lienzo azul. <br />  "La espera es una guerra de nervios -arengaba el maestro de la polis a sus defensores-. No dejéis que la molicie os invada, antes bien, al contrario, debéis andar con el espíritu ocupado en cuestiones tan imperiosas como la beatitud de los ángeles o la velocidad del curso de las aguas cuando en la primavera se produce el deshielo en las cumbres de la Serranía de los Senos y nacen los manantiales y se funden los neveros y el mundo alcanza unas cotas de verdor que ya las querría para sí la fama de cualquiera de nosotros. Miraos. Abrazaos. Que es bueno el contacto humano, pieles con pieles, mejillas con mejillas, cejas con cejas, para saborear como se merece esta espera que presagia el vuelo de la victoria, la paz de las almas, la fraternidad ante la amenaza".&nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      Desde el gran mirador de los Reyes, en lo alto de la Ciudadela, el sirviente observaba el horizonte. Miles y miles de individuos hormigueaban a sus pies. Parecían las hordas llegar hasta donde sus ojos ya no alcanzaban. Frente a ellas las murallas que protegían la ciudad le parecían hechas de papel. ¿Bastaría un primer asalto para echarlas abajo? ¿Sería un largo asedio que terminaría con la claudicación por hambre, sed, enfermedad y muerte?
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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  <entry>
   <title>Estampa</title>
   <updated>2026-06-25T20:41:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Estampa_a2618.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-25T19:59:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Sonaba aquello para lo que estaba dispuesto. Las armas descansaban algo lejos. El día había sido largo. "Los pájaros, pensaba, están callados. ¿Hasta tan lejos? ¿Hasta tan lejos? -seguía pensando- ¿Cómo se sale de aquí?" Las encrucijadas se veían entre la niebla que de tan densa se diría amarilla. Distinguía su broquel apoyado en un tronco viejísimo de corteza gris como las barbas de un anciano eremita y abandonadas sobre el suelo las siluetas de dos lanzas. Se había quedado vacío hasta el punto de que ya no le importaba que el aire apenas llegara a sus pulmones. Su mente estaba en el silencio de los pájaros y en la sensación de haber recorrido una distancia inmensa y en ese recorrer, en largas jornadas, la inmensa distancia, se le habían ido quemando los pulmones tanto como los pájaros extrañamente habían ido dejando de cantar. Respiraba. Atendía al sonido del quiebro de una rama. Quiso recordar de dónde venía y la causa de la guerra en la que estaba. Su mente estaba en saber si era un soldado valiente. Su mente intentaba saber cómo combatía, qué estrategias le gustaban, si era fiero, si era leal, si tuvo compañeros.
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      Tuvo que echar la rodilla en tierra. Lo hizo sin humillación. Lo hizo sin ser consciente de lo que ese gesto suponía. El filo de la espada se hundió bajo su peso en una tierra que parecía encharcada cuando, apoyado en su empuñadura, dejó caer su peso sobre ella. Debía de ser un hombre grande. ¿Por qué no cantan los pájaros? pensó de nuevo. ¿Ha merecido la pena llegar hasta tan lejos? ¿Por qué si pienso en pájaros mi siguiente pensamiento es la distancia? Con un esfuerzo ímprobo (como cuando el compositor ha de contener en un silencio una nota) levantó la cara y dirigió la vista al lugar en donde descansaban su broquel y sus lanzas. Aún estaban. Tosió. Nada le perturbaba la niebla densa ni el irse quedando sin aliento.&nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Caer en la vida</title>
   <updated>2026-06-21T15:40:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Caer-en-la-vida_a2615.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-16T18:42:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Descanse en paz la saltadora     <div>
       <br />  María Eduarda Rodrigues de Freitas, de veintiún años de edad, murió el sábado. Hace cinco días, a estas mismas horas, María Eduarda había ido a su trabajo en un gimnasio de la ciudad brasileña de Limeira, al sureste del país, en el Estado de Sâo Paulo. Tampoco sé, a ciencia cierta, mucho más de lo que hizo hace cinco días. Imagino que no alteraría su rutina. Sería un día normal, con un fin de semana normal, en el que había quedado con su novio para hacer puenting desde el ponte do Esqueleto (que así se dice también en portugués), a pocos kilómetros de la ciudad. <br />  María Eduarda Rodrigues de Freitas no sabía que los hombres que se tenían que encargar de su seguridad, los que tenían que atarle una cuerda a la cintura&nbsp;(una cuerda no elástica que hace que el salto sea aún más estresante, más adrenalínico; a este tipo de salto se le llama, prosaicamente,&nbsp;<em>rope jump. Rope</em>&nbsp;también tiene el significado de soga.), andaban esa mañana en otras cosas...&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
     <div>
      ...&nbsp;Quizá por mor de la propia excitación, María Eduarda no fue consciente de que cuando la elevaron por las axilas y los tobillos entre dos de los hombres y la fueron acercando hacia el quitamiedos del puente mientras ella adoptaba la forma más semejante a un ave, no le habían puesto sujeción ni cuerda alguna. ¿Fue consciente durante el vuelo de ese detalle o se estampó, tras cuarenta metros de vuelo, con un último instante de esperanza de que por fin la cuerda tirara de ella y quedara como péndulo de París en el Panteón? No fue así, no, no fue así. <br />  María Eduarda Rodrigues de Freitas murió estallada por dentro. Es lo que tiene caer en la vida, que a veces te deja despanzurrada por la omisión del debido respeto de unos operarios por la vida de los otros. ¡Maldito vivir, hijo del azar!
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Conservación</title>
   <updated>2026-06-06T18:27:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Conservacion_a2612.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-06T18:04:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  ¿Se aplacará algún día? Ahora tan sólo se quiere levantar para hacer sus necesidades y luego se quiere volver a la cama y cerrar los ojos y quedarse dormida. La pregunta que inicia este corto relato se la hace a ella misma. Está sentada encima de la cama. Son las cinco de la tarde. Normalmente a esas horas estaría en la oficina, terminando la jornada. Ha sabido vivir muchos años con ello y de improviso, hace tres días, se despertó con un mechón de su pelo encanecido tras haber tenido una pesadilla horrísona: el mal es una masa de vapor viscoso, algo semejante a los humos que desprende la combustión de una rueda. El mal se le mete por la nariz. El mal es un terror que le hiela la sangre. El mal es un grito que nadie puede escuchar. Despertó. Sudada. Se incorporó en la cama. Se quedó sentada y su mirada se fijó en la pared de enfrente, la cual, por efecto quizá de restos de la pesadilla, le pareció alejada. A día de hoy se lo sigue pareciendo. Desde esa pesadilla se ha quedado metida en la cama. Tan sólo se levanta para hacer sus necesidades, para comer y beber algo. No se lava. Se vuelve rápido a la cama. Se tapa y se masturba con la mano izquierda mientras se mete los dedos de la derecha por el ano. Los varios orgasmos permiten que vuelve a quedarse dormida. Se masturba y no busca con ello el placer sino la muerte aunque parcial nacida del cansancio. Cuando se despierta repite la misma rutina ahora que ya no las tiene. La misma rutina que acabará matándola de inanición. Ella que había soportado tantos años. De repente, de un día para otro, como si desde siempre lo hubiera sabido. La salida era ésta: abandonar y abandonarse. Desde hoy. "Habéis vencido. Me derroto,", se ha dicho. Lo ha hecho. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Conservacion_a2612.html" />
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   <title>Borrador</title>
   <updated>2026-06-01T18:11:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Borrador_a2609.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-06-01T17:43:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La descripción del muro. Se acerca desde lejos una mujer. Descripción del muro, formas caprichosas se crean en la relación entre los desconchones y varias capas de pinturas. La mujer se acerca. Lleva un abrigo que abraza sobre su cuerpo. Un abrigo que cae por debajo de su minifalda. Sus leotardos son morados. Sus zapatos negros, de tacón y acharolados. El muro se vuelve de un insufrible tono polaco. <br />  El bebé acaba de ser abandonado en un contenedor de un polígono industrial. El bebé se despierta por los olores de la putrefacción. Llorará. Gritará. Berreará. Se agotará. Morirá. Nadie descubrirá nunca al crío. Todo fue en vano. Sus huesos deben de andar desperdigados por cualquier vertedero de los alrededores de la megalópolis. No es el único ser vivo de vida breve. <br />  Cae sobre el nido la tormenta. La mujer zapatea por la calle solitaria. Lejos han dado una media. La mujer se ha detenido. Ha encendido un cigarrillo. Ha dado una profunda calada y el humo y el vaho han creado niebla sobre niebla. No ha entrado en calor. Quisiera haber sido antes. Sin apenas remordimiento. <br />  Se encienden las cocinas de las casas que se apiñan en bloques en los suburbios de la ciudad. Las radios y los calderas se oponen. Ella camina sin querer llegar. También quisiera estar sentada en una casa frente al mar donde muchos años atrás había estado serena. Desconfía del entusiasmo. Nada más lejos de su intención intimidar. Es una reacción animal. <br />  Juntar las dos series. Animar la carrera. Creer que sí es posible. Creer que lo hizo. Otra cosa es que consiguiera transcender. Inmanente fue siempre. Se acerca a la casa. Se acerca al desfile de las vecinas. Las primeras en salir llevan a sus hijos al cole, antes de hora, porque ellas han de ir a trabajar muy, muy temprano. Ella sigue siendo una niña.Se negó a crecer. Se mantiene igual. En lo alto de la trona. Arruga un papel de celofán. El mundo es arrugar un papel de celofán. El mundo es el sonido de los papeles de celofán aplastados, arrugados, vueltos a estirar. El mundo es su abrigo que le permite aguantar el helor del amanecer por las escaleras. Su ceño. Sus talones. Una crema contra las grietas de los talones. Que no se te olvide, se dice a sí misma llamándose de tú. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Borrador_a2609.html" />
  </entry>
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   <title>Encuentro en Bosnia</title>
   <updated>2026-05-11T20:11:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Encuentro-en-Bosnia_a2606.html</id>
   <category term="Teatro" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/96509182-67287489.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2026-05-11T18:46:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
Cuentecillo teatral     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/96509182-67287489.jpg?v=1778522759" alt="Encuentro en Bosnia" title="Encuentro en Bosnia" />
     </div>
     <div>
       <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>- </strong>No hay cascarón más vacío. Así me expreso. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Como el café, desde luego, desde luego... <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> No querría parecer desagradecido. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¿Y lo es? A mí esa cuestión me parece mucho más interesante. Me llevaría incluso, si usted desarrollara, me llevaría, digo, a un estado de pura exaltación sexual. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¡Qué gran unión! <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¡Qué gran patria! añado. Porque entonces se juntan los sufrimientos venales con los verdaderos. El cielo se convierte en infierno y me suda el coño lo que pueda pasar después. Los verdaderos, he dicho... <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;- En efecto, lo has dicho. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Y tú quedas ahí, como un pasmarote. Digo los verdaderos y tú los das por hechos. Despierta, por el ángel cariacontecido te lo pido. Despierta. Ponme en duda o ponme mirando a Cuenca pero ponme, que yo sienta sangre que corre por tus venas, torrentes rojos perfectamente encauzados. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¡Asesina de niños!&nbsp;¡Rompehuevos! ¡Maldita sea la hora en la que nos encontramos por el caminito del Rey, cuando caía el sol y se levantaba una brisa de verano que olía a higos y tomillo! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Así se te pudran los dientes para que nunca más puedas volver a sonreír y se acuñen en tus mejillas los hoyuelos que parecen los brocales de los pozos en los que la Doncella bebió! ¡Que no te quiero ver nunca más! ¡Mala conciencia! <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> No te vale y lo sabes. No es suficiente. Prevengo una catarata de aceite de oliva. Roo los huesecillos. Se afilan mis dientes y por dentro, cuando te pienso, se remueve una víscera que vaga sin nombre por los alrededores del páncreas. No nos digamos más maldades. No nos maldigamos más. La noche llegará pronto y vendrán los ausentes a visitarte. Llamarán a tu puerta. Entrarán muy despacio. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¡Calla! <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Se pondrán tras de ti. Te rodearán, incauto, lo sabes. Te rodearán y pondrán sus manos sobre tus hombros sobre los que se elevará una gran torre a la que bautizarán con tu nombre el cual, vencido, se convertirá en piedra. No me mires así. No me das pena.&nbsp; <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¡Calla, por los santos maravedís que no huelen a orín! ¡Calla por el suelo de pinocha en el que nos reímos hasta que nos dolieron las plantas de los pies! Insisto: no hay cascarón más vacío. Y añado: se me perdieron los labios y no sé dónde. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> ¿Me tendrás esta noche? <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Todas. <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Tan lejos llegará el espejo. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Coge la mano y véndela al mejor postor. <br />   <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong>-</strong> Vanidoso. <br />   <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;- Vanidades. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>Obra y suicida</title>
   <updated>2026-05-04T19:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Obra-y-suicida_a2605.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-05-04T18:40:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  La&nbsp; suma de todas sus virtudes se vieron reducidas a cero -para parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra- el día en el que Vivria Soloz se desnudó en lo alto de la cima y se pegó una ráfaga de cien tiros metiéndose el cañón de su arma de repetición por el coño. Su cuerpo quedó hecho pedazos. Hasta le saltaron de sus cuencas los ojos. Ni su marido ni sus diecisiete hijos ni por supuesto su director espiritual acudieron al sepelio que, por expreso deseo del cónyuge, se hizo fuera de sagrado. El Opus les dio la espalda. El director espiritual que tantas buenas viandas había comido en su casa, hechas con todo el amor por su esclava favorita -lo de esclava dicho, por supuesto, de forma católicamente cariñosa y perversa-, repudió a la suicida y más aún por la forma obscena que había elegido para matarse y aseguró que maldeciría a cualquiera de sus descendientes con el que se encontrara desde ese momento en adelante, incluso aunque fuera una casualidad, que la casualidad, sentenció, siempre es obra del diablo. Nadie volvió a pronunciar su nombre aunque se dice que el decimocuarto de sus hijos, un suavón de tomo y lomo según cuchicheaban parientes, amigos, vecinos y miembros de la Obra, lo pronunciaba en voz baja todos los domingos cuando se levantaba antes del amanecer y subía hasta la cima y se sentaba en la tierra y se la comía de a poquitos porque, pensaba, algo tomaría del cuerpo y la sangre de la muerta. Amén. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Obra-y-suicida_a2605.html" />
  </entry>
  <entry>
   <title>La noche</title>
   <updated>2026-04-13T20:52:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-noche_a2601.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-04-13T18:07:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Es la masa que se acerca al quicio de la puerta. Es el dormitorio oscuro con una sola ventana que da a un estrecho pasillo entre el muro de la casa y el murete del jardín de la casa contigua. Es el tiempo que transcurre negro. Es el silencio en medio del cual el motor de una nevera pareciera el de un biplano de la segunda guerra mundial. Es la mente -la loca de la casa- que camina herida. Es la ausencia que le llena de culpa. Es el castigo que había visto horas antes en cualquier refriega. Es ese temor del padre que ansía volver a ver a su hija sólo una vez más. <br />  Un padre, por cierto, que hubiera aceptado el constructo de la idea de familia. Un padre que se sintiera libre de manchas indelebles. Un padre que nunca hubiera tenido vocación de tal pero que llegado el momento de asumirlo lo hubiera hecho con la responsabilidad que impone el cargo. Un padre mayor y solitario, en este caso. Un padre al que no le fue bien siendo hijo, ni tampoco hermano. <br />  Volvemos a esa masa entonces, a esa noche oscurísima de enero, en un país donde las tradiciones pesan, con un clima de montaña por donde los vientos pasan poderosos y mueven con crueldad las ramas desnudas de almendros y arces y las vestidas de los laureles, que provocan, en los goznes de una cancela, una suerte de gemidos que remiten a los lamentos de un preso en una mazmorra cuyo único delito fue amar la libertad. Ese hombre entonces, a punto de la vejez y el olvido, siente la masa más negra que la negrura inmensa de la noche en la que duerme, observándole desde el quicio de la puerta de su dormitorio y al mismo tiempo ocurre que unos a los que conoció de niño quieren atarle los brazos con unas cintas para poder inmovilizarle y aplicar sin resistencia una tortura. Le parece al hombre que la masa que se mueve negra y densa en el quicio de la puerta de su dormitorio, es la que ordena a sus captores, a los que conoció de niño, con los que convivió la infancia, que le reduzcan y el hombre aunque lucha, sabe que no va a poder vencer porque le fallan las fuerzas de los brazos, porque la vejez llegó a sus músculos y porque en el fondo blanquísimo de su ser no quiere luchar más y es ahí, en ese momento de desfallecimiento, a punto de ser entregado a la viscosidad de la masa oscura que como si se viera sometida a una fuerza superior a la suya -que es de por sí hercúlea-, le impide traspasar el quicio de la puerta del dormitorio del hombre que fue padre sin buscarlo, éste, aterrado, con el miedo frío de los terrores óseos, supone que quizá sueñe y que esta muerte horrenda a la que va a ser conducido por sus propios hermanos, puede que no sea más que un juego de su mente.&nbsp; <br />  La masa se hace grande. ¿Duerme? ¿Podría despertarse? De la lucha quedaría un mechón de cabello blanco en los mechones de su frente. ¿Querrá? La masa se hace más grande. Todo late. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Stockholm</title>
   <updated>2026-04-09T17:47:00+02:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Stockholm_a2599.html</id>
   <category term="Cuento" />
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   <published>2026-04-09T17:09:00+02:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/95942615-66956472.jpg?v=1775749572" alt="Stockholm" title="Stockholm" />
     </div>
     <div>
       <br />  Se revuelve como todas las mañanas. Deja que las horas pasen. Abre los ojos y los cierra. La luz no acaba de entrar. Se levanta mucho más tarde de cuando lo hubiera deseado. La culpa lo mantiene en la cama. Tumbado. Apretando los ojos. Y sueña asuntos con amigas de hace mucho que provocan cierta angustia, la incapacidad de no saber cómo resolver aquello (que no sabe con exactitud lo que es). <br />   <br />  Avanzada la mañana. Parece que la primavera asalta. Cantan los pájaros y los tulipanes -tan efímeros como la vida- abren sus pétalos para recibir la luz del sol y permitir que las abejas entren y hurguen en sus estambres. Desayuna junto a la ventana abierta. Escucha a un mismo tiempo la voz de los pájaros y los aullidos de la última guerra. No sabe por qué. La herida siempre abierta. <br />   <br />  Lee a un hombre contemporáneo. Escribe tres palabras. Le asalta el deseo de adormilarse. Hoy tampoco será el día. No, hoy tampoco... se repite. Respira fuerte. Decide sobreponerse. Decaerá pronto. <br />   <br />  ¿Cómo se puede justificar que no ataque? ¿Cómo es posible que no se desnude y grite y acuse? ¿Por qué mantiene la herida abierta? ¿Por qué no muestra las certezas? ¿Aún hay tiempo? ¿Habrá un arrepentimiento? <br />   <br />  Friega. Cocina. Come. Reposa. Vuelve a la labor inútil. Siempre fue un inútil. Su labor lo fue siempre. Toda labor, en última instancia, debe de serlo. Porque nada de lo humano le es ajeno. Porque jamás dejó de escuchar. Dentro de poco se enfrentará al mundo y todas sus relaciones estarán marcadas con el estigma de la culpa. Algo hubiste de hacer, se dice, como si no fuera posible que se actúe contra alguien sin que éste merezca semejante acción. <br />   <br />  Mis secuestradores, medita, malditos canallas, no me abandonéis. La tierra para un sólo hombre es inmensa. Pensad lo fácil que es perderse. Pensad lo mucho que conviene al ser humano sentirse amparado. <br />   <br />  Cuando caiga la noche se drogará con imágenes. Se acostará tarde. Para no despertar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>Revuelta</title>
   <updated>2026-03-03T20:47:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Revuelta_a2591.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-03-03T20:23:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Eran las nueve menos diez. Habíamos quedado hacía veinte minutos y él aún no había llegado ni me había llamado ni había respondido &nbsp;a los mensajes que le había estado enviando. Yo tenía quince años y él también. El andén se estaba empezando a quedar vacío. Las gentes terminaban de despedirse. Mi vista, como si fuera una estatua, estaba fija en las escaleras mecánicas que bajaban desde el vestíbulo y por donde él tenía que aparecer antes de ocho minutos. Sólo quedaban ocho minutos. Encendí un cigarrillo y me apoyé en una de las columnas que sustentaban la marquesina que cubría los andenes. Fumaba. Miraba. Recordaba. El plan no podía fallar. Había gente que nos esperaba y que nos echaría una mano los primeros meses. Luego todo rodaría de manera natural. Recordaba sus ojos cómo brillaban cuando la noche pasada, en el parque de La Guindalera, nos habíamos dado el último beso antes de irnos cada uno para nuestra casa. Él me miró, casi delirante, y me dijo, Juntos para toda la vida. Desde mañana para toda la vida.. Yo le respondí, Para toda la vida, mi amor, para toda. Vete. Vete. Él salió corriendo, se detuvo y gritó, ¡A las ocho y media! En cinco minutos el tren arrancaría. Nadie bajaba ya por la escalera. Y ¿si no venía? Di la última calada. Miré una última vez. Hacía frío. Quería irme y estaba aterrada y sentí, de repente, una soledad dura y oscura como obsidiana. Con rabia pise la colilla. Me eché la mochila al hombro. Subí al tren. Justo cuando iba a entrar al convoy creí ver por el rabillo del ojo a alguien bajando a toda velocidad por la escalera. No quise cerciorarme. No sé por qué deseé la sorpresa. El tren arrancó. Encontré mi asiento. Dejé la mochila. Me acomodé y cerré los ojos. Que pasara lo que tuviera que pasar.&nbsp; <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   <title>No mancha</title>
   <updated>2026-02-13T21:09:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/No-mancha_a2588.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-02-13T20:04:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Estaba la mar en calma. Cantaba tierra adentro un autillo. El ratón no andaba lejos. Comer, pensaba un joven sentado sobre la rama de un roble. ¡Cuánto aguanta la tierra! ¡Cuánto aporta! Estoy dentro de este ecosistema. Participo de una forma de vida que parte de comer y beber. Comer. Beber. <br />   <br />  Sí, sí, -se hablaba en voz alta la muchacha que pasea a la orilla del mar, la última espuma de las olas puede besar en ocasiones sus tobillos- me sé manejar en este medio. Sé lo que es el aire y sabe el cuerpo cómo hacer para usarlo. El aire. La mañana. La ilusión de los colores... y las tinieblas, claro -¿ha ocultado una nube cargada la luz imperiosa del sol? ¿Estaba éste adormilado, concentrado en un instante de su hidrógeno a punto de explotar o no?¿Fue la cercanía? Si, es cierto, a veces el cielo se cubre de repente y llueve a mares y se recuerda-, ese mundo que cada mañana, como piel vieja de serpiente renovada, desafía a la oscuridad y la vence y se lanza a la luz como manadas... las tinieblas llegarán de nuevo. Estaré sola. La luz está muerta. <br />   <br />  El joven baja de la rama del roble. No tendrá más de veinte años. Su gesto es cordial y su cuerpo ágil y flexible. No lleva miedo. Tan sólo hambre. Piensa en una tortilla española y unos pimientos rojos untados en aceite de oliva y asados con azúcar y sal. La cocina. Canta el nombre de su madre, dice Mayte, Maytechu, Mayte. Se ha cubierto el cielo. Parece que va a llover. <br />   <br />  La muchacha ha echado a correr. ¡Qué fría, de improviso, la arena! Corre la muchacha y piensa en algunas carreras legendarias; ríe y se siente afortunada por estar mojada y saber a sal. Son tantas las gotas que caen que apenas puede ver. En todo caso sabe que ha de ir hacia donde se dirige, que arriba, tras la curva a la izquierda, hay una gran explanada donde ha dejado aparcado el coche. Lo demás es tan sólo llegar y apretarse al espacio. <br />   <br />  El joven llega a la explanada donde ha dejado el coche. Ve llegar por el otro extremo a una muchacha empapada a la que escucha reír. La muchacha entrevé a lo lejos la figura del joven y exclama, ¡Vaya dos! y el muchacho le grita, ¡Sí! y le dice adiós con la mano. La joven se mete en su coche. El joven se mete en el suyo. Arrancan. Se dirigen uno detrás del otro hacia la carretera secundaria. Ponen los intermitentes. Giran. Aceleran. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>La oca</title>
   <updated>2026-01-20T20:47:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-oca_a2582.html</id>
   <category term="Teatro" />
   <published>2026-01-20T18:29:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  <em>Espacio vacío y amarillo. Suelo de arena. Ráfagas de viento de izquierda a derecha según el espectador. <br />  Una mujer y un hombre sentados en sillas de respaldo alto están frente a frente. Les separa una distancia de cincuenta &nbsp;centímetros. Ella viste un vestido corto con estampado de pájaros tropicales. Él viste una camisa blanca y unos jeans. Están descalzos. Tienen los pies hundidos en la arena.</em> <br />   <br />  ...que voy a morderte el cuello para desmayarme; quiero sentir tu sangre en mi lengua, que mi lengua toda se vuelva roja de tu sangre; voy a desnudarme para que observes, sin velos, el universo que se oculta tras la camisa y los&nbsp;<em>jeans</em>; quiero ese momento, frente a la terraza más allá de la cual se encuentra la montaña fría como cadáver rocoso, fría como si se levantaran los muertos Tzara y Ray y se pusieran como locos a construir dadaísmos; ¡déjame comerte el coño! ¡córrete en mi boca! deja que el flujo de tus órganos se deslice -grisura viva- por las comisuras de mis labios; porque el tiempo que vivimos es corto y el placer se turba a veces de sí mismo; porque tememos no rezar a tiempo; porque sentimos que dios ya muerto se quisiera reencarnar en ciervo; flota en el aire el tormento del fin; grita la bestia en las lindes del bosque; el tiempo se hizo marfil y se volvió amarillo; que voy a morderte el cuello hasta descuidarme las uñas, las dejaré muy largas como sables que jugaran en la arena con la palabra 'arena' en francés; desnudos los dos, al abrigo de un viento lóbrego que vino de Occidente y cubrió la carretera del muérdago que agoniza en los albores del invierno; despojados, cerrados los ojos, atentos los labios, inquietas las manos, lo vellos de los sexos entrelazados por fin, las puntas de los pies a punto de despegar; sí, nos quiero así, sólo un día más, tras un trago de vino bueno, el día que dejó de llover... <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Ctónico</title>
   <updated>2026-01-12T20:22:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Ctonico_a2581.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-01-12T19:43:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  Es el túnel. Te lo tengo que decir. Una oquedad que se abre en mitad de la noche. He estado conduciendo por una carretera secundaria. Creo que sé a dónde voy. Aunque hayan pasado muchas horas. En la noche, como te digo, surge y sabes que vas a entrar, que vas a seguir hacia delante porque supones que llegará un momento en que saldrás del vientre de la montaña y volverás a sentir la ligereza del aire libre y, si así fuera, la noche estrellada... si así fuera. Conduzco, te decía, por esa carretera oscura como boca de pitón. La noche está cubierta. Tan sólo se ve hasta donde la luz amarillenta de los faros alcanza. Por eso la sorpresa ante la oquedad que se abre de repente, una negrura más negra si cabe, una negrura donde además voy a entrar <em>motu propio</em>. Podría darme la vuelta. Podría no ir al sitio a donde iba. Nada era tan importante. Creo que nada era tan importante como para verme impelido a entrar sí o sí por la boca del túnel; aún así entro. La oscuridad se estrecha. Es un túnel de un sólo carril. No hay nadie por delante. Hace ya muchos kilómetros que no diviso las luces traseras de algún vehículo. Me habría venido bien en algún momento, sí, en algún momento de fatiga. Para dejarme llevar por esa luz y no tener que andar adivinando la dirección de cada curva a cada rato. Tampoco nadie me sigue. Es una noche de noviembre. En noviembre hay menos coches en las madrugadas. Las carreteras parecen abandonadas y todo se vuelve misterioso, los kilómetros en sí se vuelven misteriosos y las sombras que corren a su vera. Estoy solo. Conduzco por una carretera secundaria de media montaña. Acabo de entrar en un túnel. Nunca había estado en esta carretera. No sé cuán largo es el túnel. No me he fijado si en algún cartel lo han avisado. Desde hace un tiempo venía manteniendo la vista al frente, iba con el piloto automático puesto, quería llegar. No sé por qué quería llegar. No sé si saldré alguna vez de este túnel gris. Parece ser él el que se mueve mientras que el coche está quieto: el asfalto&nbsp; corre bajo sus ruedas y los muros y la bóveda vuelan sobre y a los lados de mí. Si no saliera, sólo una cosa te deseo: que me olvides pronto, muy, muy pronto. El muro y la bóveda del túnel vuelan, ágil se desliza el asfalto. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
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   </content>
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   <title>Hoy ha muerto Franz Kafka</title>
   <updated>2026-01-06T21:05:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Hoy-ha-muerto-Franz-Kafka_a2580.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2026-01-06T20:39:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;No estaba soleada. La respiración se iba haciendo fatigosa. El clavel, en el alfeizar de la ventana, sumergido su tallo, más o menos hasta la mitad, en un vaso de agua de cristal transparente. Los efectos de la luz. Su rostro afilado. El olor a alcanfor. Es pobre la habitación. La cama. Una mesa. Tres sillas. Un armario ropero. El vaso de cristal transparente con clavel. Dora ha salido un momento. La devoción amorosa de esta joven. El amor en toda su pureza. Porque conozco a Dora aseguro que el amor existe. Franz apenas puede hablar. Su voz es un susurro, ronca, con el sonido de caverna que provoca la tuberculosis en la laringe. Ayer escribió a sus padres. Me llama no con su voz; me llama levantando un poco la mano. Yo miraba por la ventana. He visto el movimiento de reojo. Estoy atento. Me acerco&nbsp; a la cama y me inclino poniendo mi oído muy cerca de sus labios. Me susurra ¡Máteme! <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; Las nubes cercan el valle. Le miro a los ojos. Sus ojos me exigen. Hubo una promesa. Hace tiempo. Austria, pienso. ¿Cómo será después? sin él.&nbsp; <br />  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Preparo una inyección de&nbsp;<em>Pantopon</em>&nbsp;un opiáceo tan fuerte como la morfina. Sé que K. mira cómo lo hago. Tengo su mirada clavada en mi espalda. Sus ojos grandes, amables, sus cejas oscuras y espesas. Se lo inyecto. Me ruega que me incline de nuevo. Lo hago. Me susurra, ¡No me engañe, se lo pido por el dios de nuestros padres, no me engañe! Sonrío. Le contesto, No le engaño. K. empieza a sentir los efectos del narcótico. Cierra los ojos. Parece descansar. <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
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   <title>La loca de la casa</title>
   <updated>2026-01-04T13:58:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/La-loca-de-la-casa_a2578.html</id>
   <category term="Teatro" />
   <published>2026-01-04T02:54:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div>
       <br />  -&nbsp;No vamos a saltar a la comba. Todo ese tiempo ya ha pasado. No vamos a soñar catedrales. Nos queda un resto de argamasa parecido en todo al concepto de amor. No vamos a hablar de las cigüeñas. ¿Cuántas veces tomaste el sarcófago y abriste la tapa para contemplar su interior? No devanaremos la madeja. El mar queda lejos. Lo sabes. No podremos llegar allí. No oiremos una vez más las olas ni sentiremos en nuestros pies la arena fresca, la que queda por la tarde cuando el sol se pone y sale esa luna gorda como el vientre de Deméter y nos quedamos sentados contemplando ese desconocimiento como si lo descubriéramos por primera vez. No nos soltaremos las manos. No nos meteremos en el agua ni sentiremos el picor de la sal en nuestras pieles. Nos vamos a quedar sentados. Nos vamos a mirar a los ojos. Quizás vayas al baño y luego vaya yo y nos crucemos por el pasillo y se rocen, en el cruce, los laterales de nuestros meñiques. Eso haremos, amor mío. Lloraremos con toda seguridad. Tenemos por qué llorar. Es uno de los últimos días. Lo sabemos. Lo sabemos. El piano puede sonar si quieres. No me importa. Lo sabes; sobre todo desde que vivimos en esta casa donde nadie habita más que nosotros, tú y yo, querida mía, la loca de la casa, mi amante leal, mi fuente de inspiración. <br />   <br />  <em>El hombre se queda callado y cierra los ojos. <br />  Ella se levanta y pone en el tocadiscos The gentle side of John Coltrane. Apaga alguna luz. Se descalza. Vuelve al sofá. Se acurruca.&nbsp;</em> <br />   <br />  - Nos tomaremos las manos. ¿Podremos sentir como la primera vez? ¿Ese momento en el que uno de los dos tomó la decisión de tocar la piel del otro y el momento en el que el otro acepta y aprieta y mira? No, ya nunca más veremos el mar. Quedémonos para siempre aquí. Frente al pequeño jardín, escuchando a John Coltrane, hasta que la luna gorda se vaya desvaneciendo en los azules que el sol genera cuando vuelve a nacer. ¿Naceremos más veces? ¿Nos reencontraremos? ¿Qué será de las naves tripuladas que se dirigen a Orión? ¿Nos entenderemos con los sátrapas que hoy asolan nuestra suelo? ¡Ven, abrázame! La noche se está volviendo muy callada y siento como un presagio el silencio del mochuelo! <br />   <br />  <em>Hay un largo silencio durante el cual el bosque murmura. Es el momento en el que el sapo descubre que nunca será príncipe y ese descubrimiento le calma para siempre y le hace saltar de loto en loto. Hay un silencio estelar. Fuera estará la explicación. A ninguno de los dos le importa. La tierra navega y va rápida y sabe que llegará un día en el que ya no se verán desde ella más estrellas. Será el cielo un inmenso vacío azul y negro. Las resquebrajaduras de la bóveda celeste se habrán sellado para siempre, el orbe dejará de girar y quedará también en silencio. Lo saben ellos. Se abrazan.</em> <br />   <br />  - Dormidos estaremos listos. La noche será nuestra aliada. Subiremos las montañas. Navegaremos los pocos océanos que quedan. Haremos vivacs. Nos meceremos en las hamacas de nuestros bisabuelos. Pasará el avión de las tres. Las muchachas aparecerán por la esquina poco después de terminada la escuela. ¡Qué hermosa es la juventud! <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
   </content>
   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/La-loca-de-la-casa_a2578.html" />
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   <title>Con pinzas (a lo Ernst)</title>
   <updated>2025-12-23T19:54:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Con-pinzas-a-lo-Ernst_a2576.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <photo:imgsrc>https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/imagette/93346206-65271086.jpg</photo:imgsrc>
   <published>2025-12-23T18:25:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
   <content type="html">
    <![CDATA[
     <div style="position:relative; text-align : center; padding-bottom: 1em;">
      <img src="https://www.fernandoloygorri.com/photo/art/default/93346206-65271086.jpg?v=1766514681" alt="Con pinzas (a lo Ernst)" title="Con pinzas (a lo Ernst)" />
     </div>
     <div>
       <br />  Lo llamábamos así y ya está ocurriendo. La nana se va a elevar en cuanto nos quedemos quietos. La nana se elevará desde gargantas dispuestas a todo. No importará la nieve. No nos dolerán los azotes en el culo. Maravilla será ver esas bocas abiertas cagando notas. Ya está ocurriendo. Porque lo estamos aceptando. La grulla arrulla al bebé fascista que acaba de nacer. Marchan por los aires majestuosas autillas con el alma libre mientras los autillos, sus hígados sobre todo, destilan hiel que arde &nbsp;y produce torpor y deseo de morir. Ya no vuelven los pañuelos rojos sino que limpios y blancos ondean azules pañuelos de machos. Veredas y caminos saludan al Estúpido y a su paso una cohorte de mandados riega el mundo con sus meadas y sus salidas de tiesto. ¡Anidad, Marihuanas! ¡Dejad abiertas las ventanas! Los pies seguirán las rutas trazadas. Los cantos elevarán los ánimos de los caucásicos, los cuales, astutos y agresivos, intentarán dar un bocado más. Los zafiros. Los australes. Los Bobos. Los silicatos. Las sales minerales. Las remolachas. Las bandadas de ánades. Las charcas tropicales. Las vallas publicitarias y sus mitos. Las tierras raras. Retuérzame el hurgalio, mister Spock. Quiero, cómo decirle, sentir escrotalmente la furia de mi aliento mientras la tarde se quema entre mítines que enfervorecen a las masas y las inclinan a saludar con el brazo en alto y la mano extendida cual flecha que se dirigiera el confortable mundo totalitario que nos espera entre sus brazos de hierro para apretarnos hasta explotarnos el corazón. Vamos, queridas; vamos, queridos; vamos querides; cógeos por los talles y por la ancha alameda marchemos hacia la nueva barbarie. Pero, ¡Por dios os lo pido! no dejemos de cantar como si fuéramos comparsas de un&nbsp;<em>narcomusical</em>.&nbsp;La hermosura me está invadiendo. Los marcianos se acuestan a mi vera y dejan ver bajo sus muslos sus metralletas. Y ¿qué me decís de las universidades? ¿Qué decir de ese enorme latinismo que es campus? ¡O tempora o mores! Ya está pasando. Llegó de nuevo. Surgen las razias. Se persigue al Otro. Se vocifera la necedad ahíta de orgullo. Se fijan las miradas. Se despiertan los apetitos. ¡Ay, mirlo! Me zambullo. Donde los calamares habitan. En el fondo de todo. Sobre el principio de nada. Aterrado y osado como el frío que asola el valle donde vivo, por donde pasa un río, por donde pasa un río, ¡ea! ¡arsa! ¡olé! <br />  &nbsp;
     </div>
     <br style="clear:both;"/>
    ]]>
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   <link rel="alternate" href="https://www.fernandoloygorri.com/Con-pinzas-a-lo-Ernst_a2576.html" />
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   <title>El beso</title>
   <updated>2025-12-14T20:01:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/El-beso_a2572.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-12-14T19:39:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
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       <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Lo dijimos tan alto. Vibraban nuestras gargantas. Era allá arriba. Todavía con fuelle. Me dijiste que bajara y la lluvia tembló de contenta. El mundo era azul y amarillo con su poquito de verde. Cantaban las aves como si realmente existiera el Paraíso. ¡Qué suave sonaba la cascada! ¡Cómo tu pelo corto y tu cara seria caminaban de la mano con tu vicio! ¡Y qué hermosos eran (los vicios)! sobre todo si se marcaban en las venas de tus brazos y coloreaban de hígado enfermo tu esclerótica. Incluso el beso que no nos dimos tuvo algo de carnal. <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquel día sin embargo no estabas viciada. Viniste limpia y con sonrisa. Parecías una muchacha normal que se ha vestido con unos vaqueros y una camiseta para dar una vuelta por la montaña y que ha venido a buscar al muchacho que le gusta porque es verano y viene de lejos. Aquella mañana era la eternidad. Así fue para nosotros. Así nos cogimos de las manos para ayudarnos a escalar y cuando llegamos a la cima de una de las montañas, nos sentamos y fumamos en silencio mientras mirábamos el mismo mar azul intenso picado de blancos. También el beso que no nos dimos tuvo algo de carnal. Fue allí donde de repente, como ocurren los grandes cambios en la vida, gritaste bien alto y yo te acompañé y grité lo mismo y vibraron juntas nuestras gargantas. <br />  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Aquel invierno te vi por última vez. Habían dejado abierto la mitad superior del ataúd. Casi no estabas en esa carcasa. Sólo quedaban de ti los labios que en vida también estaban siempre morados. Me incliné sobre ti. Nada me importaba que alguien nos viera. Quería besar tus labios al menos una vez. Lo hice. No tuvo nada de carnal. <br />  &nbsp;
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   <title>Andén 3</title>
   <updated>2025-12-06T20:32:00+01:00</updated>
   <id>https://www.fernandoloygorri.com/Anden-3_a2568.html</id>
   <category term="Cuento" />
   <published>2025-12-06T20:06:00+01:00</published>
   <author><name>Fernando García-Loygorri Gazapo</name></author>
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       <br />  Cuando vimos los aspavientos de aquel hombre que en su sexualización fluida era casi casi una mujer, todos acudimos en su auxilio; el primero que llegó junto a ella -ahora es ella porque al acercarnos nos inundaba una esencia tan femenina que pálida se quedaba Afrodita en su concha tal cual la imaginaron los maestros renacentistas italianos- se quedó pasmado, transido de contemplación, como ido; tras él llegamos varios en tropel y al sentir el temblor en el labio inferior de aquel ser que surcaba los géneros como quien surca un amar, sentimos cada uno en el nuestro algo parecido a la empatía, algo parecido al dolor. Llegaron los demás y se hizo el silencio, tan sólo reverberaba en la Gare du Nord -que allí era donde estábamos-, en el andén 3, el aleteo de un petirrojo que se debió de extraviar cuando migraba hacia el sur. Justo en ese momento el sol emitió su último suspiro y nos entregó a la sombra como entrega un padre la novia ante un altar; ella -por los claroscuros que se habían pintado en su rostro- era ahora un muchacho adolescente, a punto de juventud; su gesto, atormentado, nos hablaba de pasiones antiguas como la piedra o la luna y su mano derecha, contenida en puño pálido cual alabastro, parecía contenerse a sí misma en una lucha final; lentamente, adagio infinito, le abandonó del todo la luz y su cuerpo se dejó caer sobre el suelo hecho de adoquín gris, del feo y sufrido adoquín gris y a medida que su cuerpo entraba en contacto con el adoquín se diluía, se iba yendo hasta que tan sólo quedó de aquel ser tan bello un rastro de bruma que sabía a sal. <br />  &nbsp;
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