Inventario

Página de Fernando Loygorri
Estábamos lejos
donde ya las voces humanas son sólo ecos
(eco distorsionado que podría confundirse con
el griterío de los chimpancés cuando al dividirse
inician la guerra que nunca quisimos ver; o eco
cuya disolución en agua macera en el oído
resquicios de ciudad, sonidos de metal, pulsaciones de teclas;
o eco de la llamada del amor
la que sorprende a una mujer y a un hombre al borde de una piscina
mientras las luces blancas son homilías de curas
que lanzan balandronadas desde los presbiterios a una multitud escasa
ahíta de hombres canosos y mujeres que fueron fértiles
que apenas oyen las alturas de la voz de los pastores;
eco si no de un delfín
o de la mujer que consiguió establecer un vínculo
con lo más profundo de la selva
lo que parece quieto y se mueve
lo que parece ausente y está
la esencia misma de la gota
cuando salta del río y se posa
sobre la hija del hombre muerto;
o eco de la noche interestelar
por donde el sonido no puede propagarse
y es por lo tanto imposible que el eco navegue
Aunque imposible se puede decir luego es posible;
eco de las llagas
lo que brilla, lo tumefacto
aquello que si no acude la cura se convertirá en gangrena

eco del olor
desde estas alturas en las que estamos donde apenas si llega
el ámbito del río, en lo hondo del valle
donde la oscuridad ya reina;
eco de la violeta que apenas se expande por sus dominios
-una llanura en primavera no hollada aún por huella conocida-
)
Sabíamos que páncreas, en el fondo, es femenino
como el hígado tuvo en sus inicios la función de almacén del alma;
Sabíamos tanto
Nos maravillábamos por tan poco
que la cojera del perro se nos aparecía como el presagio
de un día sin tormentas
Íbamos más allá siempre
Íbamos sin entonar canto ninguno
No éramos un ejército
No éramos células de un mismo cuerpo social
No nos sentíamos que estuviéramos en comunión con nada
-con ninguna máscara que nos sedujera por su aspecto de diosa-
Por no tener no teníamos ni una lengua común
(ecos nuestras lenguas
Alguno recordaba un tiempo verbal
pero se lo quedaba para sí y lo masticaba en las noches de insomnio
mientras las lágrimas o la risa
se escabullían por su boca 
lenta letanía en la madrugada fría;
o ecos de letras
las muy antiguas
las primeras
las que se construyeron tras terminar las cuentas
en un lugar árido
cerrado el aprisco
No faltaba nada;
eco incluso de diferentes formas de acentuar
una mejilla
el hueso occipital
el yunque, el martillo, la fragua
los martillos, sus sonidos, Pitágoras, la armonía, lo esférico; 
ecos de aquello
que a veces deambulaba por el espacio del sueño
donde es cierto que todo se unifica
porque queda en el aire la respiración de Vishnu
el eco del aleteo del abejorro
el eco de una muchacha y un muchacho
que bailan una canción lenta una tarde de verano
)
Algunos se quedaron atrás
No los volvimos a ver
No supusimos nada
Al frente se estaba mucho mejor
Imaginábamos un horizonte
Conocíamos el concepto de horizonte
No era un golpeteo constante en nuestros cerebros
Nada nos machacaba
Tan sólo caminábamos hacia el concepto horizonte
(o eco de horizonte
una llama siquiera
la fiebre del oro
el río que deviene
la esperanza
lo que tiene que ser
ese eco de horizonte decíamos
ese eco de saber que está ahí
ante nosotros
no es una zanahoria atada a un palo
no es la última mirada que nos desvela el fin
no es la tensión en los músculos
ni saber que los pulmones transforman
)
Eso nos bastaba
Nos había bastado desde que tuvimos las primeras intuiciones
El día que lanzamos el hueso al aire
El día que aprendimos a matar

Ensayo

Tags : Atrofias Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 08/03/2019 a las 00:55 | {0} Comentarios



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