Inventario

Página de Fernando Loygorri

Era definitivo. La última prueba. Rondaba en mí aquella noche la idea brillante del término arte liberal (o artista liberal) que es aquel que es libre, es decir que no necesita ganar nada con él y por lo tanto un arte liberal, un artista libre es aquél que tiene como única condición pensar. Sólo puede pensar quien es libre y sólo es libre quien dispone de los medios materiales para serlo. Desde el momento en que estás sometido a un salario (es decir una forma de conservar los alimentos) no puedes ser libre y por lo tanto no puedes pensar libremente (por ejemplo un periodista no puede pensar libremente. Puede pensar, sí, pero no libremente y de ahí se sigue que ninguna información de periodista ninguno puede tener nada que ver ni con la libertad ni con el pensamiento libre). Sólo el arte hace libre. Y en general si no eres como Cezanne que era artista, libre y rico tu arte liberal te llevará inevitablemente a la pobreza que no a la miseria que es una forma de pobreza sin dignidad. Así, si digo que hablamos de comerte el corazón y titulo este artículo de esta forma y no de otra es porque en mi libertad de artista me permito establecer una conexión misteriosa entre comerte el corazón y ser libre, entre pensar y ser libre e incluso yendo un poco más allá (un poco allá de mí; un poco más allá de mi propia línea, la que me había marcado al iniciar estas letras que empezaron vale la pena decirlo cuando había abierto el cuaderno marrón 1 para transcribir una nueva novela que nunca jamás terminaré a no ser que por una carambola del destino mi carrera como novelista despegue y entonces juro que tendré para veinte años para terminar todas y cada una de las novelas que he empezado y que por purita melancolía no he continuado) entre pensar y aceptar que este maldito mundo está dirigido por una pandilla de seres cuya inteligencia no ha de ser especial sino más bien lo contrario, inteligencias simples para objetivos simples; una forma la de comerte el corazón o la de las formas simples de la inteligencia que me vienen dadas por mi libertad, la que me he ido labrando a lo largo de los años, en lucha contra mí mismo, comiéndome mi propio corazón y al llegar a esa vuelta al circuito en el que por fin sabes que te diriges, de nuevo, a línea de salida. Libre conlleva derrota y aceptar la derrota es de una profundidad abismal. No se puede explicar mejor. Quien es libre lo sabe. Quien es esclavo no lo puede ni siquiera atisbar porque sería reconocer su propia condición y al hacerlo se vería abocado o a aceptar su esclavitud o a luchar por su libertad y eso le llevaría a ser artista y -todo hay que decirlo- artista no lo puede ser cualquiera y no porque ser artista sea una forma elevada de vida sino porque es un forma pobre de vivir. Porque es tiempo de desmitificar conceptos -y los primeros el de la libertad y el del pensamiento- porque ambos no proporcionan el bienestar que es uno de los leit-motiv de las sociedades opulentas sino que lo que aportan es una incomodidad, un malestar, una desazón que poco que tiene que ver con este mundo de objetivos, de paz interior o todas esas terribles sandeces que los nuevos gurus (léase sacerdotes, coaches o como cojones se escriba el anglicismo) se empeñan en incrustar en nuestras mentes, en nuestras manejables mentes. Es tan fácil dirigir las mentes humanas, manejarlas, manipularlas. Por ejemplo: la mayoría tiene razón. ¡Cómo que la mayoría tiene razón! ¿Quién es la mayoría? ¿Cómo llegó esa mayoría a su razón? No es tanto dar respuestas sino crear preguntas. Eso es la libertad: crear preguntas. El arte al ser inútil es el medio ideal para crear preguntas. Porque lo único útil son las respuestas y lo verdaderamente bello y en sí mismo más humano son las preguntas. Así si hablamos de comer el corazón, tú me puedes preguntar, ¿de qué corazón hablamos? y esa duda abre el infinito universo de la condición humana; esa pregunta en realidad está preguntando ¿cómo es posible que el sistema solar viaje a 800.000 km/h  por la Vía Láctea?; esa pregunta está abriendo una sima interrogativa, un furor por la duda, una inteligencia animal que no se preocupa por la conservación del alimento sino por la perplejidad ante lo que está viviendo y al caer la noche -mientras escribo estas palabras y de fondo escucho un documental en inglés con la esperanza de que esta inmersión lingüística me lleve a la comprensión final de semejante idioma- la mezcla de hablar sobre comerse un corazón, el sentido último de la expresión arte liberal, la libertad, el pensamiento y un lambrusco muy fresco me mecen en un tierno amor, un sentimiento extraño que se podría llamar orgullo por haber llegado hasta aquí, hasta esta orilla, en una isla de un mar mil veces surcado y allí, a lo lejos, veo a los remeros de la Argo y sé que pronto se encontrará Odiseo atado al mástil de la nao mientras escucha el canto de las sirenas en un mar que tan sólo le llevó de vuelta al hogar.

Ensayo

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 28/06/2015 a las 01:45 | {0} Comentarios


Brillaba y el hombre pensó que realmente era muy cinematográfico el suelo mojado. Como tenía que esperar más de media hora se puso nervioso. Ese hombre no sabía esperar. Nunca había domesticado la impaciencia. Era la tarde y las nubes volaban. El andén de la estación estaba entonces vacío. El vestíbulo también lo estaba. En la cantina unos hombres jugaban al dominó y una mujer sesteaba tras la barra. El hombre se palpó los bolsillos. Tan sólo tenía una moneda de cincuenta céntimos. Y aquellos hombres que jugaban al dominó y aquella mujer no tenían pinta de darle una moneda, una moneda para un café. Pensó el hombre cuando podía llegar a una estación y pedirse algo de beber y un bocadillo. Sólo lo pensó un momento. Luego miró las nubes y sintió la impaciencia en aquella estación de tren. Se fijó en algo que había entre las vías, un poco más allá del final del andén, justo cuando desaparece y el adoquín pasa a ser tierra húmeda, tierra recién llovida. Lentamente el hombre se puso en marcha, por hacer algo, para ver qué era eso. Las nubes volaban. Apareció un momento el sol. Ya no llovía. Había llovido tanto durante el día que había, no muy lejos, grandes bolsas de agua. Él sabía que bastarían tres días de sol para evaporar tal riqueza. Lo sabía mientras andaba y se palpaba la moneda de cincuenta céntimos (se la palpaba porque había pensado la palabra riqueza). Paso a paso se fue encaminando hacia el objeto; paso a paso se fue configurando en su vista de viejo la forma de lo que reposaba entre las vías del tren. Con más esfuerzo del debido bajó del andén a la tierra húmeda mientras pensaba que deberían poner una rampita entre andén y tierra para que aquéllos -que como él- querían pasar del uno a la otra no arriesgaran un tobillo en el intento. Bajó al final y con riesgo y comenzó a andar por la tierra que estaba muy blanda -como el vientre de una mujer- y se hundía bajo sus botas. Luego se dijo que el objeto estaba más lejos de lo que había pensado en un principio y se imaginó a sí mismo con unas gafas que calibraran con justeza las distancias. Ya no se iba a detener, se dijo, iba a llegar hasta el objeto. Quizá pudiera hacer un trueque con él si fuera algo valioso o no muy valioso, algo que pudiera valer un café con leche y un bocadillo de tortilla de patata y de nuevo, mientras se acercaba, volvió a palparse la moneda de cincuenta céntimos que tenía en su bolsillo. Por fin -bajo el cielo tormentoso, entre el viento que se iba levantando, extrañado por sonidos que no sabía qué eran; tras un súbito cambio de luz que parecía traído de las tinieblas- creyó entender la forma del objeto y se entristeció porque no brillaba (entonces pensó que era una urraca). Súbitamente llovió con una fuerza bárbara. El hombre llegó a la altura del objeto; miró en ambas direcciones de la vía y se dijo, ¡Imbécil, con esta lluvia y este ruido furioso serías incapaz de ver o de escuchar al mismísimo Leviatán! Así es que levantó un poco su pierna izquierda y salvó el primer raíl; se arrodilló ante el objeto y se emocionó como hacía años que no se emocionaba y entonces ya no le importó cuándo llegaba el tren ni tampoco se dejó impresionar por la furia de la lluvia y su sonido; tomó el objeto entre sus brazos, lo abrazó contra su pecho, se tumbó entre los raíles y cerró los ojos y así -por primera vez- esperó la llegada del tren sin impaciencia alguna.

Narrativa

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/06/2015 a las 18:12 | {2} Comentarios


Palabras de Isaac Alexander a su amante difunta


Me pide Isaac que ponga voz a su lamento y un fondo de jungla a su dolor.
Me pide que interprete, que module, que lo intente.
Así lo hago.
Me pide que ponga la foto que me envía.

 

palabras_de_isaac_alexander_a_su_amante_difunta.mp3 Palabras de Isaac Alexander a su amante difunta.mp3  (9.67 Mb)


Sonidos

Tags : ¿De Isaac Alexander? Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 22/06/2015 a las 17:12 | {2} Comentarios


Envío que me hace Isaac desde el velatorio de su amante más querida


Distorsión 2. Fotografía de Olmo Z. Mayo 2015
Distorsión 2. Fotografía de Olmo Z. Mayo 2015
Descree de las casualidades
[...] de las jerarquías
[...] del miedo a lo desconocido y de los que temen a lo que no es como ellos creen que son ellos mismos
[...] de un mundo que valora como único medio para la felicidad la cooperación
[...] de la solidaridad
[...] de quienes rezan
[...] de quienes enfatizan cualquier idea aunque sea en una cena, a los postres, con un licor de hierbas
[...] de quienes ante la afirmación de que la ablación es un valor en la sociedad en que se practica, ponen el grito en el cielo y te tachan de hijo de puta
[...] de los puritanos
[...] de los que siempre se muestran animosos en público porque piensa que cuando están a solas en el cuarto de baño lloran como niños y ensayan una sonrisa ante ese mismo espejo que les ha visto temblar y entonces respiran hondo y se ajustan lo que hayan de ajustarse y salen de nuevo al ruedo con la ilusión del aplauso
[...] de la esperanza
[...] de las sociedades del conocimiento porque parece un eufemismo que encubre una verdad mucho más aterradora
[...] de la verdad (porque puede que un día te descubran)
[...] de este corazón que te golpea
[...] cuando caminas y apenas los pájaros cantan
[...] que la víbora que te observa quiera realmente matarte
[...] de tu propia idea de amar
[...] de amar (como idea pura) en las relaciones sentimentales (que de nuevo suena a eufemismo para no llamarlas relaciones sexuales)
[...] de cualquier forma de adoctrinamiento
[...] de la información
[...] de la psicología como ciencia
[...] de los gurus, los sacerdotes, los entrenadores personales, los políticos, los jueces, los médicos, los abogados, los escritores y artistas, los filósofos y los propagandistas
[...] del método ogino
[...] de las telecomunicaciones
[...] de las interpretaciones
[...] de los libros de Historia
[...] –como lenguaje perfecto- de las matemáticas
[...] de esta tarde que empezó extraña (como si la ausencia de un temblor, de un abrazo la hubiera condenado a ser fútil, a ser el final)
[...] de la introspección
[...] de la materia
[...] del chocolate como medicina
[...] que el mucho viajar conlleve un mayor conocimiento de la condición humana
[...] del valor de la vida
[...] del valor –en sí- del universo
[...] del antropocentrismo
[...] de la belleza
[...] de la fealdad
[...] de los récords
[...] que un día no muy lejano, hayas llegado hasta el nadir de tus asuntos y puedas por fin tumbarte a mirar las estrellas como se miraría uno a sí mismo convertido en mil millones de pedazos luminosos
[...] que el universo se expanda
[...] que el universo no sea al final un inmenso pedazo de piedra rodeado por todas partes de fuego
[...] de quienes ante la afirmación de que abrirle el escroto a lo vivo a un muchacho adolescente, haciéndole una incisión en todo semejante a un coño, es un valor en la sociedad en que se practica, ponen el grito en el cielo y te tachan de hijo de puta
[...] de la silicona
[...] de la vista cansada
[...] de la palabra solsticio

Ensayo

Tags : ¿De Isaac Alexander? Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 21/06/2015 a las 01:19 | {0} Comentarios


Ética (derivado de cueva, refugio)



[...]
fue la última silva que empezaba Ella bordará un mapa en tu piel
[...]
también un verso suelto brotarán en tus oídos
[...]
luego fue el silencio
y ella se aparecía
[...]
sin resistencia acudió
a la imagen y dócilmente se impuso en él
(como la llaga se extiende por el mundo desde hace miles de años)
[...]
muerde el polvo
ensueña la yegua
sabe que nunca más
[...]
Se dice yo estaré dormido
y alguien le susurra
(quizás en otro espacio o en un símbolo o en una derrota) Fuiste. No vuelvas.
[...]
Sabe que ése sería su epitafio.
La nube era hermosa.
[...]

 

Miscelánea

Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/06/2015 a las 17:26 | {0} Comentarios


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