A César
A veces ese veneno entra y llega hasta las palabras y quizá eso sea así porque tan sólo las palabras sean el antídoto contra el tósigo.
No lo sé (no puedo afirmar con contundencia).
El veneno es el daño. Podría escribir una larga serie de palabras que definirían este daño y sin embargo sólo la palabra daño es lo suficientemente inocente y lo suficientemente certera como para definirlo.
La analogía sería también buena (y entonces se podría escribir una novela o componer una partitura o pintar un cuadro).
Sólo siento que, en ocasiones, la única manera de destilar el tósigo es hablar. Hablar con quien te quiere. Hablar con quien te escucha. Hablar con quien, con todas las cautelas, confía en ti porque sabe de ti. Hablar con quien, si es necesario, opondrá buenas razones a las tuyas propias no con un afán de negar sino con la intención de aportar.
Las palabras -el antídoto- produce convulsiones, vómitos, fiebres, sudores fríos, desgarros y dolores y muy fuerte tiene que ser el amigo que junto a tu lecho te escucha para no dejarse invadir por los olores nauseabundos que el veneno expele y el antídoto elimina.
Envenenado. Sí. Tengo el antídoto y quien me permite suministrármelo.
Soy un hombre afortunado.
No lo sé (no puedo afirmar con contundencia).
El veneno es el daño. Podría escribir una larga serie de palabras que definirían este daño y sin embargo sólo la palabra daño es lo suficientemente inocente y lo suficientemente certera como para definirlo.
La analogía sería también buena (y entonces se podría escribir una novela o componer una partitura o pintar un cuadro).
Sólo siento que, en ocasiones, la única manera de destilar el tósigo es hablar. Hablar con quien te quiere. Hablar con quien te escucha. Hablar con quien, con todas las cautelas, confía en ti porque sabe de ti. Hablar con quien, si es necesario, opondrá buenas razones a las tuyas propias no con un afán de negar sino con la intención de aportar.
Las palabras -el antídoto- produce convulsiones, vómitos, fiebres, sudores fríos, desgarros y dolores y muy fuerte tiene que ser el amigo que junto a tu lecho te escucha para no dejarse invadir por los olores nauseabundos que el veneno expele y el antídoto elimina.
Envenenado. Sí. Tengo el antídoto y quien me permite suministrármelo.
Soy un hombre afortunado.
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 02/06/2010 a las 09:39
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