Esa mirada está en su lugar. El tiempo que trascurre. La meditación. Las ausencias. Todo conforma ese orden que no es preciso, no está ahí, frente a ti para que lo disfrutes y te regocijes.
El orden es difuso. Hay que fijarse en él. Quintidimensional. Llámese orden. Quiero llamarlo orden. Hay que ser cauto y al mismo tiempo (o en una de las otras cuatro dimensiones) audaz.
La quinta dimensión es la percepción. La percepción está fuera del espacio/tiempo. Tiene sus propias reglas y sus propias geografías. Tiene algo de cuántica (en cuanto movilidad difícilmente observable sin alterar lo observado).
Ese orden -para ser visto- exige una gran concentración y una bondad fortísima y una verdad a prueba de espejismos deliciosos. El orden impera si se respetan sus ambigüedades, si el alma se vuelve movediza y pierde su firmeza.
La verdad (cualidad necesaria para entrever el orden) es ligera y flexible como el junco.
Un hombre de sólidos principios es un hombre inevitablemente hipócrita.
La orden es buscar el orden para que se diluya.
Lo que se aprehende se diluye. Su máxima existencia es que deja de existir como no existe lo volitivo en la circulación de la sangre.
El orden es difuso. Hay que fijarse en él. Quintidimensional. Llámese orden. Quiero llamarlo orden. Hay que ser cauto y al mismo tiempo (o en una de las otras cuatro dimensiones) audaz.
La quinta dimensión es la percepción. La percepción está fuera del espacio/tiempo. Tiene sus propias reglas y sus propias geografías. Tiene algo de cuántica (en cuanto movilidad difícilmente observable sin alterar lo observado).
Ese orden -para ser visto- exige una gran concentración y una bondad fortísima y una verdad a prueba de espejismos deliciosos. El orden impera si se respetan sus ambigüedades, si el alma se vuelve movediza y pierde su firmeza.
La verdad (cualidad necesaria para entrever el orden) es ligera y flexible como el junco.
Un hombre de sólidos principios es un hombre inevitablemente hipócrita.
La orden es buscar el orden para que se diluya.
Lo que se aprehende se diluye. Su máxima existencia es que deja de existir como no existe lo volitivo en la circulación de la sangre.
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 17/05/2010 a las 23:03
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