Todavía, lentamente, voy desembalando cajas. Me quedan once.
Ayer, visto que veía unos espacios en un par de estanterías y que además tenía en lo alto de una de ellas las revistas Poesía y El Paseante, ambas muy queridas por mí, colecciones que me costó mucho mantener, decidí re-estructurar y el resultado fue que pude desembalar otro par de cajas y colocar más a mano las revistas (de hecho las he colocado en un mueble bar, el único mueble bonito que tengo además de la mesa en la que escribo, el cual, al estar vacío de botellas, es un sitio precioso para albergar eso que se ha dado en llamar belleza). En una de las cajas había una caja de zapatos negra (es curioso porque en mi vida las cajas de zapatos albergan extrañas sorpresas como por ejemplo las postales de mi abuelo que mi padre me entregó en una caja de zapatos de Pepe Albadalejo) de DC Shoes que no recordaba en absoluto. La he abierto despacito como cuando se es niño y se abre así un regalo esperando, en esa lentitud, que si el regalo no es el deseado se convierta en él antes de abrir del todo, y cuál no ha sido mi sorpresa cuando me he encontrado un centenar de cartas de mi adolescencia y juventud (más sorpresa aún porque este sábado la generación del 79 del Instituto Santamarca se reúne para cenar. Yo no podré acudir. Pero cuando me escribió Willi, uno de los de entonces, yo le pedí si me podría enviar la dirección de correo de Sina, la primera chica con la que salí.) y la primera que me he encontrado es una de Sina en la cual, mientras navega rumbo a Palma de Mallorca, algo mareada me escribe su amor de los 17 años con una letra pequeña, redonda y emocionante.
La verdad es que no he podido mirar mucho porque los ojos se me han llenado de lágrimas (no sé por qué se me llenan de lágrimas; no sé por qué me inunda una emoción altísima; o quizá sí sé por qué: porque descubro que muchas personas me han querido y esa certeza en estos días difíciles e intensos, me alegra tristemente -si se me permite la contradicción-.) así es que la he cerrado y he decidido que después de nadar, antes de volver a la escritura, leeré algunas de esas cartas que, como siempre, me han vuelto guardadas en una caja de zapatos.
Ayer, visto que veía unos espacios en un par de estanterías y que además tenía en lo alto de una de ellas las revistas Poesía y El Paseante, ambas muy queridas por mí, colecciones que me costó mucho mantener, decidí re-estructurar y el resultado fue que pude desembalar otro par de cajas y colocar más a mano las revistas (de hecho las he colocado en un mueble bar, el único mueble bonito que tengo además de la mesa en la que escribo, el cual, al estar vacío de botellas, es un sitio precioso para albergar eso que se ha dado en llamar belleza). En una de las cajas había una caja de zapatos negra (es curioso porque en mi vida las cajas de zapatos albergan extrañas sorpresas como por ejemplo las postales de mi abuelo que mi padre me entregó en una caja de zapatos de Pepe Albadalejo) de DC Shoes que no recordaba en absoluto. La he abierto despacito como cuando se es niño y se abre así un regalo esperando, en esa lentitud, que si el regalo no es el deseado se convierta en él antes de abrir del todo, y cuál no ha sido mi sorpresa cuando me he encontrado un centenar de cartas de mi adolescencia y juventud (más sorpresa aún porque este sábado la generación del 79 del Instituto Santamarca se reúne para cenar. Yo no podré acudir. Pero cuando me escribió Willi, uno de los de entonces, yo le pedí si me podría enviar la dirección de correo de Sina, la primera chica con la que salí.) y la primera que me he encontrado es una de Sina en la cual, mientras navega rumbo a Palma de Mallorca, algo mareada me escribe su amor de los 17 años con una letra pequeña, redonda y emocionante.
La verdad es que no he podido mirar mucho porque los ojos se me han llenado de lágrimas (no sé por qué se me llenan de lágrimas; no sé por qué me inunda una emoción altísima; o quizá sí sé por qué: porque descubro que muchas personas me han querido y esa certeza en estos días difíciles e intensos, me alegra tristemente -si se me permite la contradicción-.) así es que la he cerrado y he decidido que después de nadar, antes de volver a la escritura, leeré algunas de esas cartas que, como siempre, me han vuelto guardadas en una caja de zapatos.
Redactado por Fernando García-Loygorri Gazapo el 25/11/2010 a las 12:07
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